Asomó la mirada por la ventanilla de su camioneta y alcanzó a ver, aunque sin entender, aquel escuálido riachuelo que corría hacia abajo. De donde quisiera que viniera, tenía que ser la persona más desconsiderada del mundo quien sea que fuese el autor intelectual de tal riachuelillo lo suficientemente impulsado para llegar hasta allí.
Era una tarde de 1994 y, como en una de ellas, condujo su camioneta sobre la calle de Independencia y dobló a la izquierda sobre Av. Lopez Mateos, una cuadra después de presenciar, en la intersección con Veracruz, aquel espectáculo patrocinado por algún gastalón desmesurado y arrogante. Turnó, casi de inmediato, a la izquierda sobre Tlaxcala, condujo poco menos de una cuadra más y paró.
Se creyó entonces, engañado por si mismo, bajó de la camioneta y pisó el curso superior de aquel riachuelillo que hacía solo unos minutos había lamentado tanto. Entró a su casa y desconcertado contempló a una mujer que, astuta, intentaba limpiar la arena que el viento había traído desde abajo y acumulado hábilmente entre los cuadrillos de concreto y las piedrecillas de río; regaba y regaba, con ayuda de la manguera, agua cuya función era sacar toda la arena de entre aquellas piedrecillas y dejar ese patio tan reluciente que el propietario se sentiría orgulloso del trabajo recién realizado. Se acercó incrédulo, preguntó desconcertado el porqué de la poco más que estúpida idea y mordió sus labios cuando ella contestó, tras una risilla fastidiosa un descarado:
"Ay, ustedes los chilangos, se espantan porque allá en el deefe, no tienen agua; pero nosotros, mire cuánta tenemos". Y señaló, ilusamente, aquel mar que el horizonte presumía tras la barda de la casa.
Y, después no poder responder cuánta de ésa agua que orgullosa señalaba, era realmente disponible; en una tarde de 1994, aquella mujer, perdió su empleo.
