Y qué si te miro a los ojos y te digo que me deshago si me miras fijamente, que me tiemblan las rodillas, que me pones nerviosa hasta cuando no me hablas. ¿Y si te beso? ¿Qué si te beso?
Si te acaricio las mejillas, si paso una mano por tu cabello y con la otra te tomo del cuello, si cierro mis ojos y sólo huelo tu loción, si siento tus labios con los míos lentamente. Y te siento, y me sientes, hasta delatarnos con un ligero sudor en las manos o con nuestros palpitares ruidosos en el silencio profundo de un sólo instante.
Y qué si te susurro al oído, por una sola vez, que todo es cierto, que no fue invención tuya; que estoy loca, que me vuelves loca, que sentimos lo mismo, que yo también me derrito si te veo, que no puedo no pensarte ni accidentalmente y que no sé qué me hiciste, que lo siento todo por ti y que no me entiendo.
Y qué, carajo, qué si te beso. Si te veo desde lejos con esa sonrisa que me tiene perdida, y me agito, y no puedo más, y corro hasta ti para darte el abrazo más sincero que jamás haya dado y te beso. Sólo te beso, por un momento, el tiempo que tome la revolución que me generes dentro; que siento que me seco con todo lo que tengo atorado, callado y quieto.
Y qué, ¿qué si te beso? Si ni siquiera puedo seguir fingiendo.
