Siempre tengo un pretexto para no escribir. A veces es mi falsa ausencia de tiempo libre que me encanta aparentar, las ideas muertas, el insuficiente insomnio, el aterrador derroche de emociones adolescentes y bobaliconas que es difícil evadir y que tarde o temprano me ahogan en una vergüenza lamentable justo cuando ya es tarde para no sentir vergüenza. Siempre tengo la oportunidad de evadir, siempre puedo dejar los intentos por retomar el lapicero porque siempre tengo algo que me ocupa, o soy víctima de una especie de -claramente exagerado- coma intelectual; siempre puedo estar a punto de escribir y justo cuando voy a intentarlo, la peor mutación del virus de la gripe, la más fuerte, me toma presa y me tumba en mi cama, o me rompen el corazón, o se lo rompo a alguien; y lo olvido todo, pierdo las ganas, por qué escribir de lo que sea si tengo un pretexto. Siempre tengo un pretexto.
Ahora que lo pienso tengo pretextos para todo, siempre lo logro, debe ser algo así como un súperpoder. El súperpoder de la evasión, del no compromiso con nada, con nadie, de nada. La parte más triste ha de ser la de mi pretexto favorito, el "es que ni lo hago bien", el horrible producto del si vas a hacer algo, hazlo bien, fiel enemigo del intento y que, encima, entraña una tenebrosa amenaza, por si quedaban en los cobardes algunas migajas de arrebato.
No escribo porque no siempre me atrevo, es la verdad, no hay falta de ideas ni de tiempo. Hoy se me acabaron los pretextos, tuve tiempo libre y una pizca de valor, y aquí estoy, hablándoles de lo de siempre. Y "lo de siempre" tal vez se vuelva mi nuevo pretexto.
