Éramos jóvenes, inmaduras e ignorantes….
Miró al piso llena de ira y visualizó sus caramelos ahí, esparcidos en el suelo que ella misma pisaba. Yo, congelada, si bien, era cierto que era la culpable, jamás fue mi intención tirarlos, jamás estuvo en mis planes.
Levantó la mirada y me miró fijamente a los ojos llena de tantos sentimientos que sería inútil enumerarlos. Yo, quieta, tratando de disculparme aún cuando el orgullo impedía que salieran de mí esas palabras. Eran solo caramelos, solo unas lunetas, no podía ser tan importante.
Un grupo de personas se acercó, escuché carcajadas y toda clase de burlas referentes a lo ocurrido. Su ira solo aumentaba y olvidando todo lo que nos unía en una amistad perfectamente perdurable, estalló y me ordenó no volver a hablarle en mi vida. No tuve más que obedecer.
Era casi imposible no dirigirnos la palabra. La escuela no tenía suficientes alumnos para perdernos, cada receso cruzábamos al menos una mirada, y corregíamos. En el taller, el ambiente era más que tenso, pero nuestro orgullo lo hizo posible, nos alejó semanas, luego meses, después un año.
Es hora de reparar.
Es hora de reparar.
