Era una tarde casi como cualquier otra, su húmedo calor nos recorría y dejaba salir pequeñas gotas de sudor de nuestras frentes; el tiempo avanzaba lento y la ansiedad crecía. Ceños fruncidos, bocas estiradas y pasos apresurados parecían convertirse en algo natural.
Subí por las escaleras rápidamente intentando no estorbar a los demás que salían del metro nerviosos y correteados por los tictacs de sus relojes de muñeca y disponiéndose a llegar casi puntuales a sus empleos. Busqué la sombra y decidí caminar cobijada por ella sobre la banqueta de al lado del panteón francés, no había alguien más que yo en aquella banqueta, caminaba yo sola e incluso parecía como si fuese conversando conmigo misma, todo parecía detenido, todo excepto los carros que circulaban torpe y lentamente a un lado mientras soltaban bocinazos y chingadamadres llenos de estrés.
Levanté la vista y ví a un hombre que rápidamente se aproximaba corriendo a toda prisa en dirección al metro y sin ningún afán de detenerse, apenas alcancé a verle ligeramente los ojos en el instante en el que pasó a mi lado. De inmediato pasaron un montón de ideas dentro de mi cabeza: que si iba tarde al trabajo, que quizá se había quedado a platicar y se le pasó la hora, que probablemente se le había acabado la pasta de dientes y se retrasó para alguna cita con sus amigos. Qué se yo; y seguí caminando de frente.
Se había ya acabado la sombra proporcionada por los árboles de al lado del panteón francés, cuando a punto de llegar a esa parte de la ya muy angosta acera donde la coladera se había quedado sin tapadera y el poste de roca minimizaba el espacio para transitar, ví llegar a una mujer; vestía un traje sastre, caminaba tambaleándose sobre sus tacones y completamente envuelta por los horrores del calor; con la mano derecha se echaba el cabello para atrás, mientras la izquierda la agitaba en el aire como pidiéndole algo a alguien, pero aún sin hablar por un aparente desgaste y falta de aire. Con su ceño fruncido y una mueca de preocupación o desesperación, después de unas cuantas tomadas de aire más, salió de su pecho el último grito que pudo dar tras aquella correteada, y todo lo que dijo fue un "Auxilio". Y se detuvo a jadear.
Voltée detrás de mí y en seguida me vino a la mente aquel sujeto apresurado, regresé la mirada al frente y al verla no sentí más que una enorme impotencia. Y yo creyendo que se le había acabado la pasta de dientes, ¿pero qué iba a hacer?...Si tenía quince años.
Vestía un traje sastre y caminaba tambaleándose sobre sus tacones...pero le hacía falta un bolso.
sábado, 30 de julio de 2011
martes, 12 de julio de 2011
El peor día de mi vida.
Advertencia:El contenido de este post podría llegar a ser un tanto vulgar, además de contener términos de un lenguaje coloquial.
Era un Lunes diecisiete de agosto y era el primer día de clases.
Yo tenía catorce años y había pasado a tercero de secundaria. Por mis calificaciones, se me había elegido como parte de la escolta escolar, donde mi puesto era: Abanderada. Desde que me eligieron, jamás estuve de acuerdo, pero me faltaba el valor para negarme a participar.
En mi mochila no cabía más que mis útiles, pero yo necesitaba algo en qué guardar mi ridículo uniforme de la escolta cuando terminara mi aparición, ya saben, para no causar pena ajena o más bien, para que nadie supiera que era yo la más ñoña de la escuela. Le pedí a mi hermano mayor que me prestara una mochila, pero la única que tenía libre era su mochila negra, su favorita; como no tenía de otra, me la prestó.
Aparentemente era un día como cualquier otro en la escuela, mis viejos compañeros de grupo, algunos nuevos maestros. Nada fuera de lo común...hasta que sonó la chicharra a las 8:10pm anunciando la hora de salida...Ahí fue donde todo se puso mal.
Apenas salí de la escuela, comenzó a llover horriblemente; de esas gotas que sientes que te cortan cuando "delicadamente" tocan tu piel, de esas gotas que parecen canicas bombochas...de esas caían. Así que era yo, empapada y con dos mochilas que impedían que corriera velozmente hacia mi casa, pero aún con eso...todo estaba bien...¿verdad?
[De noche-lluvia]
Iba caminando hacia mi casa, estaba ya completamente mojada y al caminar mis tennis escurrían toda el agua que tenían dentro, volvían a llenarse y de nuevo se escurrían al siguiente paso.
Llegué así a "Honduras" (la calle que junto con otra forma la esquina donde se sitúa mi casa) Regularmente, al llegar a Honduras yo solía bajar la banqueta y caminar en medio de la pequeña callecita tranquilamente hasta llegar a casa, pero esa semana estaban haciendo obras para reparar tal callecita y aún no terminaban, por lo que abajo había algo de fango y para "mayor seguridad" decidí caminar por la banqueta, la cual también estaban arreglando, pero yo ilúsamente creí que ya estaba seca, así que nada me impedía caminar sobre ella. Erré, si bien mi teoría de que "Ya tenía que estar seca" era correcta, subestimé un factor importante: La lluvia. Y la muy hija de puta no solo no había dejado que el cemento secara, sino que además, ahora estaba super resbaloso y en cuanto puse un pie sobre él provocó irremediablemente mi caida.
Sí, me dolió, me dolió muchísimo e incluso se me hizo un moretón en la cadera, además de llenarme de cemento fresco prácticamente todo el trasero y, por supuesto, la mochila negra de mi hermano...
Y hasta la fecha, esa banqueta tiene la marca de mi cuerpo en ella y me recuerda su hazaña cada que paso por ahí.
[De noche-lluvia-cemento fresco]
Me levanté y aguanté como pude el dolor generado por la caída, después de todo, estaba a tan solo una cuadra de mi casa y ya nada podía ir peor, entonces decidí continuar con mi camino.
Al llegar a mi casa sentí un enorme alivio, pero no duró mucho tiempo, porque olvidé dónde había dejado las llaves.
Desesperada, busqué en todas las bolsas del exterior de la mochila de mi hermano tratando de no mancharla con mis manos llenas de cemento, pero no hallé lo que buscaba, así que convencida de que quizá estaban en la bolsa más grande donde se encontraba mi uniforme y temerosa de poder mancharlo, decidí entonces: Tocar el timbre.
Pero en mi desesperación olvidé tomar en cuenta que estaba completamente empapada, así que claro, me electrocuté.
[De noche-Lluvia-Cemento fresco-electricidad]
Por la intensidad de la lluvia y lo estruendoso de la misma, mi familia no pudo oir el timbre y nadie acudió a mi llamado.
No me quedaba más que buscar esa llave dentro de la mochila de mi hermano: Abrí la bolsa principal y comencé a buscar entre mi uniforme ensuciándolo del cemento que aún tenía en las manos y sin siquiera hallar esa llave. Desesperada y muerta ya de frío, busqué nuevamente en las bolsas del exterior para cerciorarme de que no estuviera ahí....Y en una de esas bolsas que aparentemente ya había revisado, estaba mi llave...
Abrí la puerta del zaguán, crucé el patio y entré a mi casa. Y al voltearme para colocar la llave en su sitio, se me escapó una miradilla por el ventanal de la puerta y entonces, lo ví: Dejó de llover...
Ése... fue el peor día de mi vida....
Nada.
Amanecí con un sentimiento más que deprimente; deambulé por los rincones de mi casa hablando conmigo misma, intentando encontrarme; traté de explicarme lo que pasaba, pero no me entendía. Me perdí dentro de mí misma, me perdí y conmigo iba un sentimiento que lentamente robaba pedacitos de mi alma.
Quise explicar en papel lo que sentía, pero las ideas iban y venían sin dejarme nada claro, nada que entender, nada que explicar...nada.
Y así pasé noches enteras atacadas por el insomnio, mañanas tan quietas que parecían sin vida, tardes de luz y distracciones, semanas completas de sequedad cerebral, en las que no hice más que clavar mi vista en una hoja en blanco y sostener una pluma con mi mano derecha; con un exceso de quietud, a la espera de una idea.
Aquél sentimiento desapareció con el tiempo, sin que yo pudiera siquiera describirlo; se llevó con él parte de mí, pero cuando vuelva y nos encontremos una vez más: Estaré lista. Y en nuestro duelo apostaremos eso que me quitó, eso que espera ser recuperado.
Quise explicar en papel lo que sentía, pero las ideas iban y venían sin dejarme nada claro, nada que entender, nada que explicar...nada.
Y así pasé noches enteras atacadas por el insomnio, mañanas tan quietas que parecían sin vida, tardes de luz y distracciones, semanas completas de sequedad cerebral, en las que no hice más que clavar mi vista en una hoja en blanco y sostener una pluma con mi mano derecha; con un exceso de quietud, a la espera de una idea.
Aquél sentimiento desapareció con el tiempo, sin que yo pudiera siquiera describirlo; se llevó con él parte de mí, pero cuando vuelva y nos encontremos una vez más: Estaré lista. Y en nuestro duelo apostaremos eso que me quitó, eso que espera ser recuperado.
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