Hoy me acordé de ti. Y ayer también, a quién engaño.
Me acordé de cuando me decías que me querías y me mirabas a los ojos, de cuando caminábamos juntos por la misma banqueta por la que hoy caminé, de lo poco que me importó cuando te fuiste y de lo mucho que me hiciste llorar cuando lo noté; de cuando usé un collar para acordarme de ti y hasta de ciertas palabras que me gusta llamar mentiras.
Recordé que no hace mucho que me supliqué detenerme, que me dije que no era posible extrañarte tanto, quererte tanto, sentirte tanto; que tus palabras secas me mataban, que me dolías, que te quería de vuelta, que me rendía. Que ya.
Tampoco hace mucho que me olvidé de que no me importaba tu falta, que tú siempre me quisiste más, que seguro fingías y que no iba a ceder. Me olvidé de todo y me acordé de que te quiero.
Me acordé y sonreí, no doliste, ya no lloro, no. Es que me dolías porque estabas dentro y arañabas con la nostalgia, pero ya te saqué, o en eso estoy. Ya no amargas, ya eres salado; y pasas; ya empecé a quererte desde afuera, porque qué difícil es dejar de querer y qué doloroso es querer desde adentro en vacío; empecé a quererte sin llorar, porque el nudo de mi estómago ya no me dejaba ni pensar. Dejé de escribirte con los ojos, porque ya no los veías, ya ni los leías. Me aburrí de la nostalgia lastimosa y me cansé de tanto.
Me acordé de cuánto erramos, que no era el momento de estar juntos, que nos rebasó, que se rompió, que quise mucho y no te dije, que berrichée tanto que ni yo me aguanté, que te dejé extrañarme tanto que te acostumbraste a que no estuviera, que no extrañé cuando debí y se me acumuló, que se nos fue. Que ya, pues.
Y ya sabes cómo soy de nostálgica; me acordé de ti, y de mí; porque te quiero, porque te fuiste.
