Volteé al oir que me llamaba, de inmediato ví su rostro, no expresaba para nada alegría, ni un poco de emoción...y yo sabía porqué.
Había escuchado que los ojos son la ventana del alma, quizá no me había dedicado suficiente a pensar en su real significado, pero en ese momento lo entendí, fue ahí cuando todo vino a mi mente, y en que esa empatía que creía había dejado de existir en mí, actuó de verdad.
Me miró a los ojos como tratando de transmitirme una parte de su pena, como preguntándose si acaso era que yo lo entendía; sin decir nada me abrazó fuertemente esperando encontrar en mí la respuesta a todas esas dudas que le venían a la mente, me abrazó profunda y fuertemente. No corté el abrazo de inmediato como regularmente porque me tomó por sorpresa, no entendía qué debía hacer, traté de corresponder por miedo a no poder llenar esa sed de esperanza que aparentemente tenía, tragó saliva como si tuviera algo en la garganta y susurró a mi oido tres palabras, con un tono tal que hicieron que me congelara al instante y titubeara antes de contestar...: ..."¿Ya lo sabes?"...
¿Ella?... Ella tranquila, como si nada hubiese pasado un par de días antes, como si fuera algo cotidiano, como si no tuviera importancia alguna en su vida actual, en su presente. No supe si era cierto que esa dulzura y empatía, si ese amor que ella solía radiar al mundo para llenarlo de color se habían esfumado para convertirla en un ser completamente inerte y despreocupado ante la situación, o si tan solo se reprimía; en cualquiera de ambos casos, no pude evitar preocuparme por ella mucho más que por él, no pude tampoco, evitar pensar que eso que ella estaba haciendo en ese momento, era el perfecto antónimo de lo que tiempo atrás había llamado "estar bien".
Él destrozado, si no lloraba era para mantener una postura de cordura frente a mí, si no lloraba era por miedo a la respuesta fría que probablemente pudo haber recibido de mí; ella serena, evadiéndo el tema y recordándome siempre cuán especial era para ella y lo mucho que agradecía que me preocupara, pero siempre dejando claro que no era necesario, que era algo que se superaba. Su actitud me causaba tantas dudas, ¿en qué momento me dejé alejar a tal grado que mi presencia no era de ayuda, sino tan solo complementaria para ella?, siendo que para él, aún cuando no solía ser tan cercana, era casi fundamental mi apoyo.
Se soltaron el uno al otro, uno por convicción y el otro por no tener otra opción, la frialdad de uno congeló los sentimientos del otro hasta romper ese lazo que antes creía era acero indestructible.
Él siempre mirándola en silencio, ella evadiendo su mirada con algo roto dentro, quizá más herida que él, pero siempre de pie.

