Era una tarde casi como cualquier otra, su húmedo calor nos recorría y dejaba salir pequeñas gotas de sudor de nuestras frentes; el tiempo avanzaba lento y la ansiedad crecía. Ceños fruncidos, bocas estiradas y pasos apresurados parecían convertirse en algo natural.
Subí por las escaleras rápidamente intentando no estorbar a los demás que salían del metro nerviosos y correteados por los tictacs de sus relojes de muñeca y disponiéndose a llegar casi puntuales a sus empleos. Busqué la sombra y decidí caminar cobijada por ella sobre la banqueta de al lado del panteón francés, no había alguien más que yo en aquella banqueta, caminaba yo sola e incluso parecía como si fuese conversando conmigo misma, todo parecía detenido, todo excepto los carros que circulaban torpe y lentamente a un lado mientras soltaban bocinazos y chingadamadres llenos de estrés.
Levanté la vista y ví a un hombre que rápidamente se aproximaba corriendo a toda prisa en dirección al metro y sin ningún afán de detenerse, apenas alcancé a verle ligeramente los ojos en el instante en el que pasó a mi lado. De inmediato pasaron un montón de ideas dentro de mi cabeza: que si iba tarde al trabajo, que quizá se había quedado a platicar y se le pasó la hora, que probablemente se le había acabado la pasta de dientes y se retrasó para alguna cita con sus amigos. Qué se yo; y seguí caminando de frente.
Se había ya acabado la sombra proporcionada por los árboles de al lado del panteón francés, cuando a punto de llegar a esa parte de la ya muy angosta acera donde la coladera se había quedado sin tapadera y el poste de roca minimizaba el espacio para transitar, ví llegar a una mujer; vestía un traje sastre, caminaba tambaleándose sobre sus tacones y completamente envuelta por los horrores del calor; con la mano derecha se echaba el cabello para atrás, mientras la izquierda la agitaba en el aire como pidiéndole algo a alguien, pero aún sin hablar por un aparente desgaste y falta de aire. Con su ceño fruncido y una mueca de preocupación o desesperación, después de unas cuantas tomadas de aire más, salió de su pecho el último grito que pudo dar tras aquella correteada, y todo lo que dijo fue un "Auxilio". Y se detuvo a jadear.
Voltée detrás de mí y en seguida me vino a la mente aquel sujeto apresurado, regresé la mirada al frente y al verla no sentí más que una enorme impotencia. Y yo creyendo que se le había acabado la pasta de dientes, ¿pero qué iba a hacer?...Si tenía quince años.
Vestía un traje sastre y caminaba tambaleándose sobre sus tacones...pero le hacía falta un bolso.

Final inesperado.
ResponderEliminarEscribes bien bonito T.T
ResponderEliminarBang Bang! lo supuse un poco, estuvo bueno :D
ResponderEliminarOh Dios! Hace tanto que no leía una actualización tuya que podría decir me enamoré completamente de esta. Amo tu forma de escribir, hechos cotidianos que se vuelven poéticos. Gracias.
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