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jueves, 27 de octubre de 2011

Cerezos en otoño.

No necesito las banquetas cubiertas de hojas de arce, ni todas esas tonalidades naranjoamarillentas que al caer, pintan ligeramente al cielo; a mí me basta con salir todas las mañanas y sentir esa fría y ligera brisa en mis mejillas, caminar, bajo un par de árboles cualquiera, hacia la parada de autobús, e inesperadamente, ver caer algunas hojas secas y otras aún medio vivas; me basta con sentir, de vez en cuando, un pequeño crujir en mis pies al momento de pisar. Yo, solo necesito esos pequeños detalles para amar al otoño más que a cualquier otra estación del año, para disfrutar a octubre más que a cualquier otro mes del año.

Si tan solo en mis otoños tuviera la oportunidad de sentarme bajo un sauce a medio secar, a leer un libro viejo, de esos que huelen casi a la gloria misma. O, si al viajar en mi bicicleta por las calles, en medio de un pedalear inconsciente, sintiera caer sobre mí las hojas de un cerezo, que con su suavidad característica rozaran suavemente mis frías mejillas, entonces, conocería yo la belleza misma, una quimera realizada.


Pero qué digo, si un otoño sin las banquetas cubiertas de hojas de arce, y todas esas tonalidades naranjoamarillentas cayendo al tiempo que pigmentan el cielo, no es otoño...



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