La bolilla de mi pluma rodaba por la extensión de aquella hoja de papel, pintaba y se entintaba rápidamente para cumplir mis caprichosos trazos. Mis ojos se limitaban a ver hacia ésa hoja de papel mientras mi cerebro trabajaba rápidamente asociando aquellos trazos con palabras. Había decidido aislar mis sentidos del mundo y enfocarlos sólo a ese momento. Evité ver a otro lado que no fuera una hoja de papel, y unos ojos que cada vez veía más entrecerrados; evité, también, escuchar otro sonido, otra voz que no fuera la suya formulando preguntas que estaba dispuesta a resolver.
Ella estaba ahí, sentada a mi lado, sus codos se apoyaban sobre la paleta de una banca y sobre sus manos sostenía su cabeza. Sus ojos miraban fijamente a la hoja de papel, pero de vez en cuando se desviaban ligeramente y rastreaban el movimiento de mi pluma, para luego retomar su original movimiento. En algún momento decidió comenzar a morder suavemente su labio inferior al tiempo que entrecerraba los ojos, como si no pudiese retener aquel conocimiento antes de que lograra escaparse.
Me gustaba preguntarle, cada vez que su mueca me daba la impresión de estar más apretada, si era acaso que entendía lo que decía, y sin importar su respuesta, intentaba repasar la lección desde el inicio a fin de que no quedara duda.
En una de aquellas ocasiones en las que empezaba la lección nuevamente, ella bajó su cabeza y tapó su cara con ambas manos mientras cerraba los ojos fuertemente y apretaba el ceño, me detuve un momento y la miré desconcertada, no podía continuar la lección si ella no veía lo que intentaba darle a entender; ella sobó un par de veces su cara y con una voz casi forzada dijo: "¡Ay, no entiendo nada!" y se tiró boca abajo sobre la paleta de su banca.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que mi explicación empezó, mi sentido medidor del tiempo parecía haber estado apagado mientras todas mis atenciones se fijaban en ella y en ésa hoja de papel, sin embargo, casi podía asegurar que habían sido mínimo quince minutos. Quince minutos que pude haber utilizado para cualquier otra banalidad.
Traté de explicarle de nuevo, lentamente repasé la lección desde el inicio y traté de mostrarle la sencillez de ése tema que ella se negaba a aprehender y aprender; pero mis esfuerzos se tornaron intrascendentes al momento en que ella comenzó a mover su cabeza de un lado a otro como signo de negación y a acomodar su boca como gesto de fastidio. Ni siquiera lo intentó, se cerró completamente y echó al vacío todo ese tiempo que yo le había dedicado a ella y a su estúpidamente cerrada mente, se negó completamente a entender algo que yo me interesé por mostrarle de una manera fácil. Mi escasa tolerancia llegó a su límite, me levanté de la banca y, ya un tanto molesta, salí del aula.
Ése día aprendí que no puedes obligar a las personas a aprehender algo que no quieren aprender; fue ése día el último que intenté explicarle algo a alguien que no me lo pedía.

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