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martes, 19 de noviembre de 2013

Y qué si te beso.

Y qué si te miro a los ojos y te digo que me deshago si me miras fijamente, que me tiemblan las rodillas, que me pones nerviosa hasta cuando no me hablas. ¿Y si te beso? ¿Qué si te beso?

Si te acaricio las mejillas, si paso una mano por tu cabello y  con la otra te tomo del cuello, si cierro mis ojos y sólo huelo tu loción, si siento tus labios con los míos lentamente. Y te siento, y me sientes, hasta delatarnos con un ligero sudor en las manos o con nuestros palpitares ruidosos en el silencio profundo de un sólo instante.

Y qué si te susurro al oído, por una sola vez, que todo es cierto, que no fue invención tuya; que estoy loca, que me vuelves loca, que sentimos lo mismo, que yo también me derrito si te veo, que  no puedo no pensarte ni accidentalmente y que no sé qué me hiciste, que lo siento todo por ti y que no me entiendo.

Y qué, carajo, qué si te beso. Si te veo desde lejos con esa sonrisa que me tiene perdida, y me agito, y no puedo más, y corro hasta ti para darte el abrazo más sincero que jamás haya dado y te beso. Sólo te beso, por un momento, el tiempo que tome la revolución que me generes dentro; que siento que me seco con todo lo que tengo atorado, callado y  quieto.

Y qué, ¿qué si te beso? Si ni siquiera puedo seguir fingiendo.

jueves, 4 de julio de 2013

De ellos.

Uno.
Del primero recuerdo las líneas dibujadas en sus mejillas cada vez que sonreía, los ojos que a contra luz se volvían avellana.
Me acuerdo del tono de su voz, de su risa. De lo alto que era, de sus camisas remangadas.
Me acuerdo del beso bajo la lámpara en un día de lluvia, de mis ojos apretados, de sus manos en mi espalda. Mucho tiempo recordé el sabor, hoy no.

Ya olvidé la silueta de su boca que tanto me gustaba.
No sé por qué no olvidé la marca de su cuello, el ahorita te explico o su pero aún quiero ser tu amigo.

Dos.
Del segundo, su cabello. Sus manos ásperas. Sus lentes de armazón azul.
Me acuerdo del primer beso en el parque, de su playera guinda, del pasto en mi cabello. Del sabor a nieve de limón.
Ojalá nunca se me olviden sus Bécquers o su Viceversa de Benedetti.
Ojalá se me acabe mi último tequiero, o el desierto de su eufemizado yo ya no.


Tres.
Del tercero su silueta, sobre el techo y a contra luz.
Su cara cuadrada, sus ojos rasgados, su piel casi canela y su sonrisa. Sí, su sonrisa.

Su chamarra negra, su cabello desarreglado, su forma de ensillar, de cabalgar, su forma de hablar.
La noche entera que pasamos bailando, mis mejillas heladas y sus manos tibias; me acuerdo de sus flores de jazmín y de sus miradas nerviosas, desviadas.
Los besos que no me ha dado, los muros que he levantado.
El rumor que rebasa, la ambigüedad de mis respuestas, la seriedad de mis mentiras.


No sé, del tercero nada.

Silencio.




miércoles, 19 de diciembre de 2012

Ya, pues.

Hoy me acordé de ti. Y ayer también, a quién engaño.

Me acordé de cuando me decías que me querías y me mirabas a los ojos, de cuando caminábamos juntos por  la misma banqueta por la que hoy caminé, de lo poco que me importó cuando te fuiste y de lo mucho que me hiciste llorar cuando lo noté; de cuando usé un collar para acordarme de ti y hasta de ciertas palabras que me gusta llamar mentiras.

Recordé que no hace mucho que me supliqué detenerme, que me dije que no era posible extrañarte tanto, quererte tanto, sentirte tanto; que tus palabras secas me mataban, que me dolías, que te quería de vuelta, que me rendía. Que ya.

Tampoco hace mucho que me olvidé de que no me importaba tu falta,  que tú siempre me quisiste más, que seguro fingías y que no iba a ceder. Me olvidé de todo y me acordé de que te quiero.

Me acordé y sonreí, no doliste, ya no lloro, no. Es que me dolías porque estabas dentro y arañabas con la nostalgia, pero ya te saqué, o en eso estoy. Ya no amargas, ya eres salado; y pasas; ya empecé a quererte desde afuera, porque qué difícil es dejar de querer y qué doloroso es querer desde adentro en vacío; empecé a quererte sin llorar, porque el nudo de mi estómago ya no me dejaba ni pensar. Dejé de escribirte con los ojos, porque ya no los veías, ya ni los leías. Me aburrí de la nostalgia lastimosa y me cansé de tanto.

Me acordé de cuánto erramos, que no era el momento de estar juntos, que nos rebasó, que se rompió, que quise mucho y no te dije, que berrichée tanto que ni yo me aguanté, que te dejé extrañarme tanto que te acostumbraste a que no estuviera, que no extrañé cuando debí y se me acumuló, que se nos fue. Que ya, pues.

Y ya sabes cómo soy de nostálgica; me acordé de ti, y de mí; porque te quiero, porque te fuiste.

sábado, 20 de octubre de 2012

Voy a decirle que lo extraño.

Voy a decirle que hace mucho que no imito su voz en mis historias; quiero reclamarle que prometió ser mi amigo y luego me olvidó. Quiero decírselo por escrito porque hace mucho que no lo leo, y lo último que le leí me gustó tanto que casi dudé que lo hubiera escrito él.

Tengo atorados en el pecho unos tequieros que pensaba eufemizar. Y luego no.

Voy a contarle un montón de historias, como antes. Y ojalá pudiéramos reir, como antes. Pero a veces olvido que antes no pude adivinar sus reacciones. Y no.

Voy a guardarle unos teextraños, porque un día ya no va a poder evitarme y yo ya no voy a poder aguantarme.

Voy a decírselo mejor sin las palabras, porque a veces ellas confunden y se deslizan por la mente expresando reveses; voy a decirle que lo extraño porque eso ya implica los tequieros que tengo ganas de tragar. Voy a escribírselo en mis ojos, para no errar.

Porque hay miradas que no pueden evitarse.
Hay miradas que son fáciles de leer.

Voy a decírselo así y ya.
 Que me lea los ojos.

viernes, 18 de mayo de 2012

Volver a escribir.

Hace tanto que no escribo; desde el día en que al escribir, me traicionó la tinta de mi pluma y corrió trazando palabras que disgustaron tanto a mi vista.

Desde que no escribo, leo palabras que no quiero leer. Palabras que no han escrito.
El tiempo pasa tan rápido desde que no escribo, y cuatro meses me parecen tres semanas.

Dejé de escribir cuando creí que perdía el don, lo que no sabía, era que nunca lo gané.
Dejé de escribir porque sentía que a nadie le gustaba leerme, y olvidé leerme también.

Hace tanto que no escribo, desde que olvidé cómo vivir.

lunes, 23 de enero de 2012

Agua de sobra.

Asomó la mirada por la ventanilla de su camioneta y alcanzó a ver, aunque sin entender, aquel escuálido riachuelo que corría hacia abajo. De donde quisiera que viniera, tenía que ser la persona más desconsiderada del mundo quien sea que fuese el autor intelectual de tal riachuelillo lo suficientemente impulsado para llegar hasta allí.

Era una tarde de 1994 y, como en una de ellas, condujo su camioneta sobre la  calle de Independencia y dobló a la izquierda sobre Av. Lopez Mateos, una cuadra después de presenciar, en la intersección con Veracruz, aquel espectáculo patrocinado por algún gastalón desmesurado y arrogante. Turnó, casi de inmediato, a la izquierda sobre Tlaxcala, condujo poco menos de una cuadra más y paró.

 Se creyó entonces, engañado por si mismo, bajó de la camioneta y pisó el curso superior de aquel riachuelillo que hacía solo unos minutos había lamentado tanto. Entró a su casa y desconcertado contempló a una mujer que, astuta, intentaba limpiar la arena que el viento había traído desde abajo y acumulado hábilmente entre los cuadrillos de concreto y las piedrecillas de río; regaba y regaba, con ayuda de la manguera, agua cuya función era sacar toda la arena de entre aquellas piedrecillas y dejar ese patio tan reluciente que el propietario se sentiría orgulloso del trabajo recién realizado. Se acercó incrédulo, preguntó desconcertado el porqué de la poco más que estúpida idea y mordió sus labios cuando ella contestó, tras una risilla fastidiosa un descarado:

"Ay, ustedes los chilangos, se espantan porque allá en el deefe, no tienen agua; pero nosotros, mire cuánta tenemos". Y señaló, ilusamente, aquel mar que el horizonte presumía tras la barda de la casa.

Y, después no poder responder cuánta de ésa agua que orgullosa señalaba, era realmente disponible; en una tarde de 1994, aquella mujer, perdió su empleo.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Tiempos perdidos.

La bolilla de mi pluma rodaba por la extensión de aquella hoja de papel, pintaba y se entintaba rápidamente para cumplir mis caprichosos trazos. Mis ojos se limitaban a ver hacia ésa hoja de papel mientras mi cerebro trabajaba rápidamente asociando aquellos trazos con palabras. Había decidido aislar mis sentidos del mundo y enfocarlos sólo a ese momento. Evité ver a otro lado que no fuera una hoja de papel, y unos ojos que cada vez veía más entrecerrados; evité, también, escuchar otro sonido, otra voz que no fuera la suya formulando preguntas que estaba dispuesta a resolver.

Ella estaba ahí,  sentada a mi lado, sus codos se apoyaban sobre la paleta de una banca y sobre sus manos sostenía su cabeza.  Sus ojos miraban fijamente a la hoja de papel, pero de vez en cuando se desviaban ligeramente y rastreaban el movimiento de mi pluma, para luego retomar su original movimiento. En algún momento decidió comenzar a morder suavemente su labio inferior al tiempo que entrecerraba los ojos, como si no pudiese retener aquel conocimiento antes de que lograra escaparse.

Me gustaba preguntarle, cada vez que su mueca me daba la impresión de estar más apretada, si era acaso que entendía lo que decía, y sin importar su respuesta, intentaba repasar la lección desde el inicio a fin de que no quedara duda.

En una de aquellas ocasiones en las que empezaba la lección nuevamente, ella bajó su cabeza y tapó su cara con ambas manos mientras cerraba los ojos fuertemente y apretaba el ceño, me detuve un momento y la miré desconcertada, no podía continuar la lección si ella no veía lo que intentaba darle a entender; ella sobó un par de veces su cara y con una voz casi forzada dijo: "¡Ay, no entiendo nada!" y se tiró boca abajo sobre la paleta de su banca.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que mi explicación empezó, mi sentido medidor del tiempo parecía haber estado apagado mientras todas mis atenciones se fijaban en ella y en ésa hoja de papel, sin embargo, casi podía asegurar que habían sido mínimo quince minutos. Quince minutos que pude haber utilizado para cualquier otra banalidad.

Traté de explicarle de nuevo, lentamente repasé la lección desde el inicio  y traté de mostrarle la sencillez de ése tema que ella se negaba a aprehender y aprender; pero mis esfuerzos se tornaron intrascendentes al momento en que ella comenzó a mover su cabeza de un lado a otro como signo de negación y a acomodar su boca como gesto de fastidio. Ni siquiera lo intentó, se cerró completamente y echó al vacío todo ese tiempo que yo le había dedicado a ella y a su estúpidamente cerrada mente, se negó completamente a entender algo que yo me interesé por mostrarle de una manera fácil. Mi escasa tolerancia llegó a su límite, me levanté de la banca y, ya un tanto molesta, salí del aula.

Ése día aprendí que no puedes obligar a las personas a aprehender algo que no quieren aprender; fue ése día el último que intenté explicarle algo a alguien que no me lo pedía.