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lunes, 23 de enero de 2012

Agua de sobra.

Asomó la mirada por la ventanilla de su camioneta y alcanzó a ver, aunque sin entender, aquel escuálido riachuelo que corría hacia abajo. De donde quisiera que viniera, tenía que ser la persona más desconsiderada del mundo quien sea que fuese el autor intelectual de tal riachuelillo lo suficientemente impulsado para llegar hasta allí.

Era una tarde de 1994 y, como en una de ellas, condujo su camioneta sobre la  calle de Independencia y dobló a la izquierda sobre Av. Lopez Mateos, una cuadra después de presenciar, en la intersección con Veracruz, aquel espectáculo patrocinado por algún gastalón desmesurado y arrogante. Turnó, casi de inmediato, a la izquierda sobre Tlaxcala, condujo poco menos de una cuadra más y paró.

 Se creyó entonces, engañado por si mismo, bajó de la camioneta y pisó el curso superior de aquel riachuelillo que hacía solo unos minutos había lamentado tanto. Entró a su casa y desconcertado contempló a una mujer que, astuta, intentaba limpiar la arena que el viento había traído desde abajo y acumulado hábilmente entre los cuadrillos de concreto y las piedrecillas de río; regaba y regaba, con ayuda de la manguera, agua cuya función era sacar toda la arena de entre aquellas piedrecillas y dejar ese patio tan reluciente que el propietario se sentiría orgulloso del trabajo recién realizado. Se acercó incrédulo, preguntó desconcertado el porqué de la poco más que estúpida idea y mordió sus labios cuando ella contestó, tras una risilla fastidiosa un descarado:

"Ay, ustedes los chilangos, se espantan porque allá en el deefe, no tienen agua; pero nosotros, mire cuánta tenemos". Y señaló, ilusamente, aquel mar que el horizonte presumía tras la barda de la casa.

Y, después no poder responder cuánta de ésa agua que orgullosa señalaba, era realmente disponible; en una tarde de 1994, aquella mujer, perdió su empleo.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Tiempos perdidos.

La bolilla de mi pluma rodaba por la extensión de aquella hoja de papel, pintaba y se entintaba rápidamente para cumplir mis caprichosos trazos. Mis ojos se limitaban a ver hacia ésa hoja de papel mientras mi cerebro trabajaba rápidamente asociando aquellos trazos con palabras. Había decidido aislar mis sentidos del mundo y enfocarlos sólo a ese momento. Evité ver a otro lado que no fuera una hoja de papel, y unos ojos que cada vez veía más entrecerrados; evité, también, escuchar otro sonido, otra voz que no fuera la suya formulando preguntas que estaba dispuesta a resolver.

Ella estaba ahí,  sentada a mi lado, sus codos se apoyaban sobre la paleta de una banca y sobre sus manos sostenía su cabeza.  Sus ojos miraban fijamente a la hoja de papel, pero de vez en cuando se desviaban ligeramente y rastreaban el movimiento de mi pluma, para luego retomar su original movimiento. En algún momento decidió comenzar a morder suavemente su labio inferior al tiempo que entrecerraba los ojos, como si no pudiese retener aquel conocimiento antes de que lograra escaparse.

Me gustaba preguntarle, cada vez que su mueca me daba la impresión de estar más apretada, si era acaso que entendía lo que decía, y sin importar su respuesta, intentaba repasar la lección desde el inicio a fin de que no quedara duda.

En una de aquellas ocasiones en las que empezaba la lección nuevamente, ella bajó su cabeza y tapó su cara con ambas manos mientras cerraba los ojos fuertemente y apretaba el ceño, me detuve un momento y la miré desconcertada, no podía continuar la lección si ella no veía lo que intentaba darle a entender; ella sobó un par de veces su cara y con una voz casi forzada dijo: "¡Ay, no entiendo nada!" y se tiró boca abajo sobre la paleta de su banca.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que mi explicación empezó, mi sentido medidor del tiempo parecía haber estado apagado mientras todas mis atenciones se fijaban en ella y en ésa hoja de papel, sin embargo, casi podía asegurar que habían sido mínimo quince minutos. Quince minutos que pude haber utilizado para cualquier otra banalidad.

Traté de explicarle de nuevo, lentamente repasé la lección desde el inicio  y traté de mostrarle la sencillez de ése tema que ella se negaba a aprehender y aprender; pero mis esfuerzos se tornaron intrascendentes al momento en que ella comenzó a mover su cabeza de un lado a otro como signo de negación y a acomodar su boca como gesto de fastidio. Ni siquiera lo intentó, se cerró completamente y echó al vacío todo ese tiempo que yo le había dedicado a ella y a su estúpidamente cerrada mente, se negó completamente a entender algo que yo me interesé por mostrarle de una manera fácil. Mi escasa tolerancia llegó a su límite, me levanté de la banca y, ya un tanto molesta, salí del aula.

Ése día aprendí que no puedes obligar a las personas a aprehender algo que no quieren aprender; fue ése día el último que intenté explicarle algo a alguien que no me lo pedía.

jueves, 27 de octubre de 2011

Cerezos en otoño.

No necesito las banquetas cubiertas de hojas de arce, ni todas esas tonalidades naranjoamarillentas que al caer, pintan ligeramente al cielo; a mí me basta con salir todas las mañanas y sentir esa fría y ligera brisa en mis mejillas, caminar, bajo un par de árboles cualquiera, hacia la parada de autobús, e inesperadamente, ver caer algunas hojas secas y otras aún medio vivas; me basta con sentir, de vez en cuando, un pequeño crujir en mis pies al momento de pisar. Yo, solo necesito esos pequeños detalles para amar al otoño más que a cualquier otra estación del año, para disfrutar a octubre más que a cualquier otro mes del año.

Si tan solo en mis otoños tuviera la oportunidad de sentarme bajo un sauce a medio secar, a leer un libro viejo, de esos que huelen casi a la gloria misma. O, si al viajar en mi bicicleta por las calles, en medio de un pedalear inconsciente, sintiera caer sobre mí las hojas de un cerezo, que con su suavidad característica rozaran suavemente mis frías mejillas, entonces, conocería yo la belleza misma, una quimera realizada.


Pero qué digo, si un otoño sin las banquetas cubiertas de hojas de arce, y todas esas tonalidades naranjoamarillentas cayendo al tiempo que pigmentan el cielo, no es otoño...



jueves, 8 de septiembre de 2011

Tan cómodamente.

A pesar de lo cerca que estaba el supermercado, mi padre solía llevarnos de vez en cuando en su auto, un ford ghia modelo 94 plateado, hacernos con él la noche de compras más cómoda y evitarnos la caminata con bolsas pesadas en las manos.
Al llegar al estacionamiento de aquel lugar, veíamos a un hombre a la entrada, su trabajo consistía en sentarse dentro de una casetita especial y operar el levantamiento de la barra que permitía el acceso al estacionamiento, así como la salida del mismo. Casi siempre era un anciano, algunas veces era sustituido por algún jovencillo inexperto, siempre amables y, aún cuando su tarea parecía sencilla, parecían hacerlo bien y sobre todo: con gusto.

Aquella era una noche de martes o miércoles, no podría recordarlo con precisión; estabamos a bordo del carro de mi padre, cada uno de nosotros en nuestro propio asunto, unos conversaban, otros nos limitábamos a ver al frente. Bajamos del carro y tras intercambiar algunos comentarios, entramos a la tienda y comenzamos nuestras compras; todos sentíamos que algo había cambiado dentro de aquella tienda, pero ninguno podía definir ese "algo".

Todos nos dimos cuenta al final, a todos nos sorprendió la ausencia de esa caseta y la sustitución de la misma por una pequeña máquina capaz de recibir tu boleto, procesarlo y levantar la barra automática; mi padre y yo volteamos a vernos, casi podíamos asegurar que antes, era un hombre el que hacía ese trabajo, y digo "casi" porque hasta ahora, aún creemos y esperamos estar equivocados.

El hombre crea máquinas para hacer su vida más cómoda y ahorrar trabajos, pero también parece crearlas para obtener un beneficio un poco más egoista; quien inventa una nueva máquina, asegura ganancias para el resto de su vida, o gran parte de ella. Sin embargo, esas máquinas terminan sustituyendo a otros hombres, cuyo trabajo es superado en muchos aspectos, al final...¿es acaso que el hombre crea máquinas que acabarán sustituyéndole...?

Lo aprobaré completamente, cuando sea una máquina la que me sonría amablemente al salir del estacionamiento del supermercado...


sábado, 30 de julio de 2011

Pasta de dientes.

Era una tarde casi como cualquier otra, su húmedo calor nos recorría y dejaba salir pequeñas gotas de sudor de nuestras frentes; el tiempo avanzaba lento y la ansiedad crecía. Ceños fruncidos, bocas estiradas y pasos apresurados parecían convertirse en algo natural.

Subí por las escaleras rápidamente intentando no estorbar a los demás que salían del metro nerviosos y correteados por los tictacs de sus relojes de muñeca y disponiéndose a llegar casi puntuales a sus empleos. Busqué la sombra y decidí caminar cobijada por ella sobre la banqueta de al lado del panteón francés, no había alguien más que yo en aquella banqueta, caminaba yo sola e incluso parecía como si fuese conversando conmigo misma, todo parecía detenido, todo excepto los carros que circulaban torpe y lentamente a un lado mientras soltaban bocinazos y chingadamadres llenos de estrés.
Levanté la vista y ví a un hombre que rápidamente se aproximaba corriendo a toda prisa en dirección al metro y sin ningún afán de detenerse, apenas alcancé a verle ligeramente los ojos en el instante en el que pasó a mi lado. De inmediato pasaron un montón de ideas dentro de mi cabeza: que si iba tarde al trabajo, que quizá se había quedado a platicar y se le pasó la hora, que probablemente se le había acabado la pasta de dientes y se retrasó para alguna cita con sus amigos. Qué se yo; y seguí caminando de frente.

Se había ya acabado la sombra proporcionada por los árboles de al lado del panteón francés, cuando a punto de llegar a esa parte de la ya muy angosta acera donde la coladera se había quedado sin tapadera y el poste de roca minimizaba el espacio para transitar, ví llegar a una mujer; vestía un traje sastre, caminaba tambaleándose sobre sus tacones  y completamente envuelta por los horrores del calor; con la mano derecha se echaba el cabello para atrás, mientras la izquierda la agitaba en el aire como pidiéndole algo a alguien, pero aún sin hablar por un aparente desgaste y falta de aire. Con su ceño fruncido y una mueca de preocupación o desesperación, después de unas cuantas tomadas de aire más, salió de su pecho el último grito que pudo dar tras aquella correteada, y todo lo que dijo fue un "Auxilio". Y se detuvo a jadear.

Voltée detrás de mí y en seguida me vino a la mente aquel sujeto apresurado, regresé la mirada al frente y al verla no sentí más que una enorme impotencia. Y yo creyendo que se le había acabado la pasta de dientes, ¿pero qué iba a hacer?...Si tenía quince años.




Vestía un traje sastre y caminaba tambaleándose sobre sus tacones...pero le hacía falta un bolso.

martes, 12 de julio de 2011

El peor día de mi vida.

Advertencia:El contenido de este post podría llegar a ser un tanto vulgar, además de contener términos de un lenguaje coloquial.


Era un Lunes diecisiete de agosto y era el primer día de clases.
Yo tenía catorce años y había pasado a tercero de secundaria. Por mis calificaciones, se me había elegido como parte de la escolta escolar, donde mi puesto era: Abanderada. Desde que me eligieron, jamás estuve de acuerdo, pero me faltaba el valor para negarme a participar.

En mi mochila no cabía más que mis útiles, pero yo necesitaba algo en qué guardar mi ridículo uniforme de la escolta cuando terminara mi aparición, ya saben, para no causar pena ajena o más bien, para que nadie supiera que era yo la más ñoña de la escuela. Le pedí a mi hermano mayor que me prestara una mochila, pero la única que tenía libre era su mochila negra, su favorita; como no tenía de otra, me la prestó.

Aparentemente era un día como cualquier otro en la escuela, mis viejos compañeros de grupo, algunos nuevos maestros. Nada fuera de lo común...hasta que sonó la chicharra a las 8:10pm anunciando la hora de salida...Ahí fue donde todo se puso mal.

Apenas salí de la escuela, comenzó a llover horriblemente; de esas gotas que sientes que te cortan cuando "delicadamente" tocan tu piel, de esas gotas que parecen canicas bombochas...de esas caían. Así que era yo, empapada y con dos mochilas que impedían que corriera velozmente hacia mi casa, pero aún con eso...todo estaba bien...¿verdad?


[De noche-lluvia]


Iba caminando hacia mi casa, estaba ya completamente mojada y al caminar mis tennis escurrían toda el agua que tenían dentro, volvían a llenarse y de nuevo se escurrían al siguiente paso.
Llegué así a "Honduras" (la calle que junto con otra forma la esquina donde se sitúa mi casa) Regularmente, al llegar a Honduras yo solía bajar la banqueta y caminar en medio de la pequeña callecita tranquilamente hasta llegar a casa, pero esa semana estaban haciendo obras para reparar tal callecita y aún no terminaban, por lo que abajo había algo de fango y para "mayor seguridad" decidí caminar por la banqueta, la cual también estaban arreglando, pero yo ilúsamente creí que ya estaba seca, así que nada me impedía caminar sobre ella. Erré, si bien mi teoría de que "Ya tenía que estar seca" era correcta, subestimé un factor importante: La lluvia. Y la muy hija de puta no solo no había dejado que el cemento secara, sino que además, ahora estaba super resbaloso y en cuanto puse un pie sobre él provocó irremediablemente mi caida.
Sí, me dolió, me dolió muchísimo e incluso se me hizo un moretón en la cadera, además de llenarme de cemento fresco prácticamente todo el trasero y, por supuesto, la mochila negra de mi hermano...
Y hasta la fecha, esa banqueta tiene la marca de mi cuerpo en ella y me recuerda su hazaña cada que paso por ahí.


[De noche-lluvia-cemento fresco]


Me levanté y aguanté como pude el dolor generado por la caída, después de todo, estaba a tan solo una cuadra de mi casa y ya nada podía ir peor, entonces decidí continuar con mi camino.


Al llegar a mi casa sentí un enorme alivio, pero no duró mucho tiempo, porque olvidé dónde había dejado las llaves.


Desesperada, busqué en todas las bolsas del exterior de la mochila de mi hermano tratando de no mancharla con mis manos llenas de cemento, pero no hallé lo que buscaba, así que convencida de que quizá estaban en la bolsa más grande donde se encontraba mi uniforme y temerosa de poder mancharlo, decidí entonces: Tocar el timbre.
Pero en mi desesperación olvidé tomar en cuenta que estaba completamente empapada, así que claro, me electrocuté.

[De noche-Lluvia-Cemento fresco-electricidad]


Por la intensidad de la lluvia y lo estruendoso de la misma, mi familia no pudo oir el timbre y nadie acudió a mi llamado.


No me quedaba más que buscar esa llave dentro de la mochila de mi hermano: Abrí la bolsa principal y comencé a buscar entre mi uniforme ensuciándolo del cemento que aún tenía en las manos y sin siquiera hallar esa llave. Desesperada y muerta ya de frío, busqué nuevamente en las bolsas del exterior para cerciorarme de que no estuviera ahí....Y en una de esas bolsas que aparentemente ya había revisado, estaba mi llave...


Abrí la puerta del zaguán, crucé el patio y entré a mi casa. Y al voltearme para colocar la llave en su sitio, se me escapó una miradilla por el ventanal de la puerta y entonces, lo ví: Dejó de llover...








Ése... fue el peor día de mi vida....

Nada.

Amanecí con un sentimiento más que deprimente; deambulé por los rincones de mi casa hablando conmigo misma, intentando encontrarme; traté de explicarme lo que pasaba, pero no me entendía. Me perdí dentro de mí misma, me perdí y conmigo iba un sentimiento que lentamente robaba pedacitos de mi alma.

Quise explicar en papel lo que sentía, pero las ideas iban y venían sin dejarme nada claro, nada que entender, nada que explicar...nada.

Y así pasé noches enteras atacadas por el insomnio, mañanas tan quietas que parecían sin vida, tardes de luz y distracciones, semanas completas de sequedad cerebral, en las que no hice más que clavar mi vista en una hoja en blanco y sostener una pluma con mi mano derecha; con un exceso de quietud, a la espera de una idea.

Aquél sentimiento desapareció con el tiempo, sin que yo pudiera siquiera describirlo; se llevó con él parte de mí, pero cuando vuelva y nos encontremos una vez más: Estaré lista. Y en nuestro duelo apostaremos eso que me quitó, eso que espera ser recuperado.