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martes, 13 de mayo de 2014

Un pretexto.

Siempre tengo un pretexto para no escribir. A veces es mi falsa ausencia de tiempo libre que me encanta aparentar, las ideas muertas, el insuficiente insomnio, el aterrador derroche de emociones adolescentes y bobaliconas que es difícil evadir y que tarde o temprano me ahogan en una vergüenza lamentable justo cuando ya es tarde para no sentir vergüenza. Siempre tengo la oportunidad de evadir, siempre puedo dejar los intentos por retomar el lapicero porque siempre tengo algo que me ocupa, o soy víctima de una especie de -claramente exagerado- coma intelectual; siempre puedo estar a punto de escribir y justo cuando voy a intentarlo, la peor mutación del virus de la gripe, la más fuerte, me toma presa y me tumba en mi cama, o me rompen el corazón, o se lo rompo a alguien; y lo olvido todo, pierdo las ganas, por qué escribir de lo que sea si tengo un pretexto. Siempre tengo un pretexto.

Ahora que lo pienso tengo pretextos para todo, siempre lo logro, debe ser algo así como un súperpoder. El súperpoder de la evasión, del no compromiso con nada, con nadie, de nada. La parte más triste ha de ser la de mi pretexto favorito, el "es que ni lo hago bien", el horrible producto del si vas a hacer algo, hazlo bien,  fiel enemigo del intento y que, encima, entraña una tenebrosa amenaza, por si quedaban en los cobardes algunas migajas de arrebato.

No escribo porque no siempre me atrevo, es la verdad, no hay falta de ideas ni de tiempo. Hoy se me acabaron los pretextos, tuve tiempo libre y una pizca de valor, y aquí estoy, hablándoles de lo de siempre. Y "lo de siempre" tal vez se vuelva mi nuevo pretexto.

martes, 19 de noviembre de 2013

Y qué si te beso.

Y qué si te miro a los ojos y te digo que me deshago si me miras fijamente, que me tiemblan las rodillas, que me pones nerviosa hasta cuando no me hablas. ¿Y si te beso? ¿Qué si te beso?

Si te acaricio las mejillas, si paso una mano por tu cabello y  con la otra te tomo del cuello, si cierro mis ojos y sólo huelo tu loción, si siento tus labios con los míos lentamente. Y te siento, y me sientes, hasta delatarnos con un ligero sudor en las manos o con nuestros palpitares ruidosos en el silencio profundo de un sólo instante.

Y qué si te susurro al oído, por una sola vez, que todo es cierto, que no fue invención tuya; que estoy loca, que me vuelves loca, que sentimos lo mismo, que yo también me derrito si te veo, que  no puedo no pensarte ni accidentalmente y que no sé qué me hiciste, que lo siento todo por ti y que no me entiendo.

Y qué, carajo, qué si te beso. Si te veo desde lejos con esa sonrisa que me tiene perdida, y me agito, y no puedo más, y corro hasta ti para darte el abrazo más sincero que jamás haya dado y te beso. Sólo te beso, por un momento, el tiempo que tome la revolución que me generes dentro; que siento que me seco con todo lo que tengo atorado, callado y  quieto.

Y qué, ¿qué si te beso? Si ni siquiera puedo seguir fingiendo.

jueves, 4 de julio de 2013

De ellos.

Uno.
Del primero recuerdo las líneas dibujadas en sus mejillas cada vez que sonreía, los ojos que a contra luz se volvían avellana.
Me acuerdo del tono de su voz, de su risa. De lo alto que era, de sus camisas remangadas.
Me acuerdo del beso bajo la lámpara en un día de lluvia, de mis ojos apretados, de sus manos en mi espalda. Mucho tiempo recordé el sabor, hoy no.

Ya olvidé la silueta de su boca que tanto me gustaba.
No sé por qué no olvidé la marca de su cuello, el ahorita te explico o su pero aún quiero ser tu amigo.

Dos.
Del segundo, su cabello. Sus manos ásperas. Sus lentes de armazón azul.
Me acuerdo del primer beso en el parque, de su playera guinda, del pasto en mi cabello. Del sabor a nieve de limón.
Ojalá nunca se me olviden sus Bécquers o su Viceversa de Benedetti.
Ojalá se me acabe mi último tequiero, o el desierto de su eufemizado yo ya no.


Tres.
Del tercero su silueta, sobre el techo y a contra luz.
Su cara cuadrada, sus ojos rasgados, su piel casi canela y su sonrisa. Sí, su sonrisa.

Su chamarra negra, su cabello desarreglado, su forma de ensillar, de cabalgar, su forma de hablar.
La noche entera que pasamos bailando, mis mejillas heladas y sus manos tibias; me acuerdo de sus flores de jazmín y de sus miradas nerviosas, desviadas.
Los besos que no me ha dado, los muros que he levantado.
El rumor que rebasa, la ambigüedad de mis respuestas, la seriedad de mis mentiras.


No sé, del tercero nada.

Silencio.




miércoles, 19 de diciembre de 2012

Ya, pues.

Hoy me acordé de ti. Y ayer también, a quién engaño.

Me acordé de cuando me decías que me querías y me mirabas a los ojos, de cuando caminábamos juntos por  la misma banqueta por la que hoy caminé, de lo poco que me importó cuando te fuiste y de lo mucho que me hiciste llorar cuando lo noté; de cuando usé un collar para acordarme de ti y hasta de ciertas palabras que me gusta llamar mentiras.

Recordé que no hace mucho que me supliqué detenerme, que me dije que no era posible extrañarte tanto, quererte tanto, sentirte tanto; que tus palabras secas me mataban, que me dolías, que te quería de vuelta, que me rendía. Que ya.

Tampoco hace mucho que me olvidé de que no me importaba tu falta,  que tú siempre me quisiste más, que seguro fingías y que no iba a ceder. Me olvidé de todo y me acordé de que te quiero.

Me acordé y sonreí, no doliste, ya no lloro, no. Es que me dolías porque estabas dentro y arañabas con la nostalgia, pero ya te saqué, o en eso estoy. Ya no amargas, ya eres salado; y pasas; ya empecé a quererte desde afuera, porque qué difícil es dejar de querer y qué doloroso es querer desde adentro en vacío; empecé a quererte sin llorar, porque el nudo de mi estómago ya no me dejaba ni pensar. Dejé de escribirte con los ojos, porque ya no los veías, ya ni los leías. Me aburrí de la nostalgia lastimosa y me cansé de tanto.

Me acordé de cuánto erramos, que no era el momento de estar juntos, que nos rebasó, que se rompió, que quise mucho y no te dije, que berrichée tanto que ni yo me aguanté, que te dejé extrañarme tanto que te acostumbraste a que no estuviera, que no extrañé cuando debí y se me acumuló, que se nos fue. Que ya, pues.

Y ya sabes cómo soy de nostálgica; me acordé de ti, y de mí; porque te quiero, porque te fuiste.

sábado, 20 de octubre de 2012

Voy a decirle que lo extraño.

Voy a decirle que hace mucho que no imito su voz en mis historias; quiero reclamarle que prometió ser mi amigo y luego me olvidó. Quiero decírselo por escrito porque hace mucho que no lo leo, y lo último que le leí me gustó tanto que casi dudé que lo hubiera escrito él.

Tengo atorados en el pecho unos tequieros que pensaba eufemizar. Y luego no.

Voy a contarle un montón de historias, como antes. Y ojalá pudiéramos reir, como antes. Pero a veces olvido que antes no pude adivinar sus reacciones. Y no.

Voy a guardarle unos teextraños, porque un día ya no va a poder evitarme y yo ya no voy a poder aguantarme.

Voy a decírselo mejor sin las palabras, porque a veces ellas confunden y se deslizan por la mente expresando reveses; voy a decirle que lo extraño porque eso ya implica los tequieros que tengo ganas de tragar. Voy a escribírselo en mis ojos, para no errar.

Porque hay miradas que no pueden evitarse.
Hay miradas que son fáciles de leer.

Voy a decírselo así y ya.
 Que me lea los ojos.

viernes, 18 de mayo de 2012

Volver a escribir.

Hace tanto que no escribo; desde el día en que al escribir, me traicionó la tinta de mi pluma y corrió trazando palabras que disgustaron tanto a mi vista.

Desde que no escribo, leo palabras que no quiero leer. Palabras que no han escrito.
El tiempo pasa tan rápido desde que no escribo, y cuatro meses me parecen tres semanas.

Dejé de escribir cuando creí que perdía el don, lo que no sabía, era que nunca lo gané.
Dejé de escribir porque sentía que a nadie le gustaba leerme, y olvidé leerme también.

Hace tanto que no escribo, desde que olvidé cómo vivir.

lunes, 23 de enero de 2012

Agua de sobra.

Asomó la mirada por la ventanilla de su camioneta y alcanzó a ver, aunque sin entender, aquel escuálido riachuelo que corría hacia abajo. De donde quisiera que viniera, tenía que ser la persona más desconsiderada del mundo quien sea que fuese el autor intelectual de tal riachuelillo lo suficientemente impulsado para llegar hasta allí.

Era una tarde de 1994 y, como en una de ellas, condujo su camioneta sobre la  calle de Independencia y dobló a la izquierda sobre Av. Lopez Mateos, una cuadra después de presenciar, en la intersección con Veracruz, aquel espectáculo patrocinado por algún gastalón desmesurado y arrogante. Turnó, casi de inmediato, a la izquierda sobre Tlaxcala, condujo poco menos de una cuadra más y paró.

 Se creyó entonces, engañado por si mismo, bajó de la camioneta y pisó el curso superior de aquel riachuelillo que hacía solo unos minutos había lamentado tanto. Entró a su casa y desconcertado contempló a una mujer que, astuta, intentaba limpiar la arena que el viento había traído desde abajo y acumulado hábilmente entre los cuadrillos de concreto y las piedrecillas de río; regaba y regaba, con ayuda de la manguera, agua cuya función era sacar toda la arena de entre aquellas piedrecillas y dejar ese patio tan reluciente que el propietario se sentiría orgulloso del trabajo recién realizado. Se acercó incrédulo, preguntó desconcertado el porqué de la poco más que estúpida idea y mordió sus labios cuando ella contestó, tras una risilla fastidiosa un descarado:

"Ay, ustedes los chilangos, se espantan porque allá en el deefe, no tienen agua; pero nosotros, mire cuánta tenemos". Y señaló, ilusamente, aquel mar que el horizonte presumía tras la barda de la casa.

Y, después no poder responder cuánta de ésa agua que orgullosa señalaba, era realmente disponible; en una tarde de 1994, aquella mujer, perdió su empleo.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Tiempos perdidos.

La bolilla de mi pluma rodaba por la extensión de aquella hoja de papel, pintaba y se entintaba rápidamente para cumplir mis caprichosos trazos. Mis ojos se limitaban a ver hacia ésa hoja de papel mientras mi cerebro trabajaba rápidamente asociando aquellos trazos con palabras. Había decidido aislar mis sentidos del mundo y enfocarlos sólo a ese momento. Evité ver a otro lado que no fuera una hoja de papel, y unos ojos que cada vez veía más entrecerrados; evité, también, escuchar otro sonido, otra voz que no fuera la suya formulando preguntas que estaba dispuesta a resolver.

Ella estaba ahí,  sentada a mi lado, sus codos se apoyaban sobre la paleta de una banca y sobre sus manos sostenía su cabeza.  Sus ojos miraban fijamente a la hoja de papel, pero de vez en cuando se desviaban ligeramente y rastreaban el movimiento de mi pluma, para luego retomar su original movimiento. En algún momento decidió comenzar a morder suavemente su labio inferior al tiempo que entrecerraba los ojos, como si no pudiese retener aquel conocimiento antes de que lograra escaparse.

Me gustaba preguntarle, cada vez que su mueca me daba la impresión de estar más apretada, si era acaso que entendía lo que decía, y sin importar su respuesta, intentaba repasar la lección desde el inicio a fin de que no quedara duda.

En una de aquellas ocasiones en las que empezaba la lección nuevamente, ella bajó su cabeza y tapó su cara con ambas manos mientras cerraba los ojos fuertemente y apretaba el ceño, me detuve un momento y la miré desconcertada, no podía continuar la lección si ella no veía lo que intentaba darle a entender; ella sobó un par de veces su cara y con una voz casi forzada dijo: "¡Ay, no entiendo nada!" y se tiró boca abajo sobre la paleta de su banca.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que mi explicación empezó, mi sentido medidor del tiempo parecía haber estado apagado mientras todas mis atenciones se fijaban en ella y en ésa hoja de papel, sin embargo, casi podía asegurar que habían sido mínimo quince minutos. Quince minutos que pude haber utilizado para cualquier otra banalidad.

Traté de explicarle de nuevo, lentamente repasé la lección desde el inicio  y traté de mostrarle la sencillez de ése tema que ella se negaba a aprehender y aprender; pero mis esfuerzos se tornaron intrascendentes al momento en que ella comenzó a mover su cabeza de un lado a otro como signo de negación y a acomodar su boca como gesto de fastidio. Ni siquiera lo intentó, se cerró completamente y echó al vacío todo ese tiempo que yo le había dedicado a ella y a su estúpidamente cerrada mente, se negó completamente a entender algo que yo me interesé por mostrarle de una manera fácil. Mi escasa tolerancia llegó a su límite, me levanté de la banca y, ya un tanto molesta, salí del aula.

Ése día aprendí que no puedes obligar a las personas a aprehender algo que no quieren aprender; fue ése día el último que intenté explicarle algo a alguien que no me lo pedía.

jueves, 27 de octubre de 2011

Cerezos en otoño.

No necesito las banquetas cubiertas de hojas de arce, ni todas esas tonalidades naranjoamarillentas que al caer, pintan ligeramente al cielo; a mí me basta con salir todas las mañanas y sentir esa fría y ligera brisa en mis mejillas, caminar, bajo un par de árboles cualquiera, hacia la parada de autobús, e inesperadamente, ver caer algunas hojas secas y otras aún medio vivas; me basta con sentir, de vez en cuando, un pequeño crujir en mis pies al momento de pisar. Yo, solo necesito esos pequeños detalles para amar al otoño más que a cualquier otra estación del año, para disfrutar a octubre más que a cualquier otro mes del año.

Si tan solo en mis otoños tuviera la oportunidad de sentarme bajo un sauce a medio secar, a leer un libro viejo, de esos que huelen casi a la gloria misma. O, si al viajar en mi bicicleta por las calles, en medio de un pedalear inconsciente, sintiera caer sobre mí las hojas de un cerezo, que con su suavidad característica rozaran suavemente mis frías mejillas, entonces, conocería yo la belleza misma, una quimera realizada.


Pero qué digo, si un otoño sin las banquetas cubiertas de hojas de arce, y todas esas tonalidades naranjoamarillentas cayendo al tiempo que pigmentan el cielo, no es otoño...



jueves, 8 de septiembre de 2011

Tan cómodamente.

A pesar de lo cerca que estaba el supermercado, mi padre solía llevarnos de vez en cuando en su auto, un ford ghia modelo 94 plateado, hacernos con él la noche de compras más cómoda y evitarnos la caminata con bolsas pesadas en las manos.
Al llegar al estacionamiento de aquel lugar, veíamos a un hombre a la entrada, su trabajo consistía en sentarse dentro de una casetita especial y operar el levantamiento de la barra que permitía el acceso al estacionamiento, así como la salida del mismo. Casi siempre era un anciano, algunas veces era sustituido por algún jovencillo inexperto, siempre amables y, aún cuando su tarea parecía sencilla, parecían hacerlo bien y sobre todo: con gusto.

Aquella era una noche de martes o miércoles, no podría recordarlo con precisión; estabamos a bordo del carro de mi padre, cada uno de nosotros en nuestro propio asunto, unos conversaban, otros nos limitábamos a ver al frente. Bajamos del carro y tras intercambiar algunos comentarios, entramos a la tienda y comenzamos nuestras compras; todos sentíamos que algo había cambiado dentro de aquella tienda, pero ninguno podía definir ese "algo".

Todos nos dimos cuenta al final, a todos nos sorprendió la ausencia de esa caseta y la sustitución de la misma por una pequeña máquina capaz de recibir tu boleto, procesarlo y levantar la barra automática; mi padre y yo volteamos a vernos, casi podíamos asegurar que antes, era un hombre el que hacía ese trabajo, y digo "casi" porque hasta ahora, aún creemos y esperamos estar equivocados.

El hombre crea máquinas para hacer su vida más cómoda y ahorrar trabajos, pero también parece crearlas para obtener un beneficio un poco más egoista; quien inventa una nueva máquina, asegura ganancias para el resto de su vida, o gran parte de ella. Sin embargo, esas máquinas terminan sustituyendo a otros hombres, cuyo trabajo es superado en muchos aspectos, al final...¿es acaso que el hombre crea máquinas que acabarán sustituyéndole...?

Lo aprobaré completamente, cuando sea una máquina la que me sonría amablemente al salir del estacionamiento del supermercado...


sábado, 30 de julio de 2011

Pasta de dientes.

Era una tarde casi como cualquier otra, su húmedo calor nos recorría y dejaba salir pequeñas gotas de sudor de nuestras frentes; el tiempo avanzaba lento y la ansiedad crecía. Ceños fruncidos, bocas estiradas y pasos apresurados parecían convertirse en algo natural.

Subí por las escaleras rápidamente intentando no estorbar a los demás que salían del metro nerviosos y correteados por los tictacs de sus relojes de muñeca y disponiéndose a llegar casi puntuales a sus empleos. Busqué la sombra y decidí caminar cobijada por ella sobre la banqueta de al lado del panteón francés, no había alguien más que yo en aquella banqueta, caminaba yo sola e incluso parecía como si fuese conversando conmigo misma, todo parecía detenido, todo excepto los carros que circulaban torpe y lentamente a un lado mientras soltaban bocinazos y chingadamadres llenos de estrés.
Levanté la vista y ví a un hombre que rápidamente se aproximaba corriendo a toda prisa en dirección al metro y sin ningún afán de detenerse, apenas alcancé a verle ligeramente los ojos en el instante en el que pasó a mi lado. De inmediato pasaron un montón de ideas dentro de mi cabeza: que si iba tarde al trabajo, que quizá se había quedado a platicar y se le pasó la hora, que probablemente se le había acabado la pasta de dientes y se retrasó para alguna cita con sus amigos. Qué se yo; y seguí caminando de frente.

Se había ya acabado la sombra proporcionada por los árboles de al lado del panteón francés, cuando a punto de llegar a esa parte de la ya muy angosta acera donde la coladera se había quedado sin tapadera y el poste de roca minimizaba el espacio para transitar, ví llegar a una mujer; vestía un traje sastre, caminaba tambaleándose sobre sus tacones  y completamente envuelta por los horrores del calor; con la mano derecha se echaba el cabello para atrás, mientras la izquierda la agitaba en el aire como pidiéndole algo a alguien, pero aún sin hablar por un aparente desgaste y falta de aire. Con su ceño fruncido y una mueca de preocupación o desesperación, después de unas cuantas tomadas de aire más, salió de su pecho el último grito que pudo dar tras aquella correteada, y todo lo que dijo fue un "Auxilio". Y se detuvo a jadear.

Voltée detrás de mí y en seguida me vino a la mente aquel sujeto apresurado, regresé la mirada al frente y al verla no sentí más que una enorme impotencia. Y yo creyendo que se le había acabado la pasta de dientes, ¿pero qué iba a hacer?...Si tenía quince años.




Vestía un traje sastre y caminaba tambaleándose sobre sus tacones...pero le hacía falta un bolso.

martes, 12 de julio de 2011

El peor día de mi vida.

Advertencia:El contenido de este post podría llegar a ser un tanto vulgar, además de contener términos de un lenguaje coloquial.


Era un Lunes diecisiete de agosto y era el primer día de clases.
Yo tenía catorce años y había pasado a tercero de secundaria. Por mis calificaciones, se me había elegido como parte de la escolta escolar, donde mi puesto era: Abanderada. Desde que me eligieron, jamás estuve de acuerdo, pero me faltaba el valor para negarme a participar.

En mi mochila no cabía más que mis útiles, pero yo necesitaba algo en qué guardar mi ridículo uniforme de la escolta cuando terminara mi aparición, ya saben, para no causar pena ajena o más bien, para que nadie supiera que era yo la más ñoña de la escuela. Le pedí a mi hermano mayor que me prestara una mochila, pero la única que tenía libre era su mochila negra, su favorita; como no tenía de otra, me la prestó.

Aparentemente era un día como cualquier otro en la escuela, mis viejos compañeros de grupo, algunos nuevos maestros. Nada fuera de lo común...hasta que sonó la chicharra a las 8:10pm anunciando la hora de salida...Ahí fue donde todo se puso mal.

Apenas salí de la escuela, comenzó a llover horriblemente; de esas gotas que sientes que te cortan cuando "delicadamente" tocan tu piel, de esas gotas que parecen canicas bombochas...de esas caían. Así que era yo, empapada y con dos mochilas que impedían que corriera velozmente hacia mi casa, pero aún con eso...todo estaba bien...¿verdad?


[De noche-lluvia]


Iba caminando hacia mi casa, estaba ya completamente mojada y al caminar mis tennis escurrían toda el agua que tenían dentro, volvían a llenarse y de nuevo se escurrían al siguiente paso.
Llegué así a "Honduras" (la calle que junto con otra forma la esquina donde se sitúa mi casa) Regularmente, al llegar a Honduras yo solía bajar la banqueta y caminar en medio de la pequeña callecita tranquilamente hasta llegar a casa, pero esa semana estaban haciendo obras para reparar tal callecita y aún no terminaban, por lo que abajo había algo de fango y para "mayor seguridad" decidí caminar por la banqueta, la cual también estaban arreglando, pero yo ilúsamente creí que ya estaba seca, así que nada me impedía caminar sobre ella. Erré, si bien mi teoría de que "Ya tenía que estar seca" era correcta, subestimé un factor importante: La lluvia. Y la muy hija de puta no solo no había dejado que el cemento secara, sino que además, ahora estaba super resbaloso y en cuanto puse un pie sobre él provocó irremediablemente mi caida.
Sí, me dolió, me dolió muchísimo e incluso se me hizo un moretón en la cadera, además de llenarme de cemento fresco prácticamente todo el trasero y, por supuesto, la mochila negra de mi hermano...
Y hasta la fecha, esa banqueta tiene la marca de mi cuerpo en ella y me recuerda su hazaña cada que paso por ahí.


[De noche-lluvia-cemento fresco]


Me levanté y aguanté como pude el dolor generado por la caída, después de todo, estaba a tan solo una cuadra de mi casa y ya nada podía ir peor, entonces decidí continuar con mi camino.


Al llegar a mi casa sentí un enorme alivio, pero no duró mucho tiempo, porque olvidé dónde había dejado las llaves.


Desesperada, busqué en todas las bolsas del exterior de la mochila de mi hermano tratando de no mancharla con mis manos llenas de cemento, pero no hallé lo que buscaba, así que convencida de que quizá estaban en la bolsa más grande donde se encontraba mi uniforme y temerosa de poder mancharlo, decidí entonces: Tocar el timbre.
Pero en mi desesperación olvidé tomar en cuenta que estaba completamente empapada, así que claro, me electrocuté.

[De noche-Lluvia-Cemento fresco-electricidad]


Por la intensidad de la lluvia y lo estruendoso de la misma, mi familia no pudo oir el timbre y nadie acudió a mi llamado.


No me quedaba más que buscar esa llave dentro de la mochila de mi hermano: Abrí la bolsa principal y comencé a buscar entre mi uniforme ensuciándolo del cemento que aún tenía en las manos y sin siquiera hallar esa llave. Desesperada y muerta ya de frío, busqué nuevamente en las bolsas del exterior para cerciorarme de que no estuviera ahí....Y en una de esas bolsas que aparentemente ya había revisado, estaba mi llave...


Abrí la puerta del zaguán, crucé el patio y entré a mi casa. Y al voltearme para colocar la llave en su sitio, se me escapó una miradilla por el ventanal de la puerta y entonces, lo ví: Dejó de llover...








Ése... fue el peor día de mi vida....

Nada.

Amanecí con un sentimiento más que deprimente; deambulé por los rincones de mi casa hablando conmigo misma, intentando encontrarme; traté de explicarme lo que pasaba, pero no me entendía. Me perdí dentro de mí misma, me perdí y conmigo iba un sentimiento que lentamente robaba pedacitos de mi alma.

Quise explicar en papel lo que sentía, pero las ideas iban y venían sin dejarme nada claro, nada que entender, nada que explicar...nada.

Y así pasé noches enteras atacadas por el insomnio, mañanas tan quietas que parecían sin vida, tardes de luz y distracciones, semanas completas de sequedad cerebral, en las que no hice más que clavar mi vista en una hoja en blanco y sostener una pluma con mi mano derecha; con un exceso de quietud, a la espera de una idea.

Aquél sentimiento desapareció con el tiempo, sin que yo pudiera siquiera describirlo; se llevó con él parte de mí, pero cuando vuelva y nos encontremos una vez más: Estaré lista. Y en nuestro duelo apostaremos eso que me quitó, eso que espera ser recuperado.

miércoles, 15 de junio de 2011

Todo bajo controool.

Hoy, queridos lectores, quiero contarles algo, un anécdota. Lo escribo para cerciorarme de no olvidarlo algún día. Voy a contarles de la primera vez que escuché la frase "El cajero se traga las tarjetas." Aquí voy:



En nuestro primer año de preparatoria, muchos compañeros de mi grupo, incluyéndome, tramitaron esa beca que te da el estado por estudiar y mantener un promedio mediocre. Se depositaba cada mes, y para cobrar, nos dieron una tarjeta de débito. La primer tarjeta en mi vida, me sentía grande.
Click para ver las imágenes más grandes.


Para no pagar comisión y no perder ni uno de nuestros valiosísimos centavos, ubicamos por la preparatoria los cajeros más cercanos de cuyo banco era nuestra tarjeta.

Un buen día, caminando hacia la parada del camión con una encantadora compañera de grupo, recordé que cerca de nuestro destino había un cajero, que llevaba la tarjeta en mi bolsillo y que, por coincidencia, hacía un par de días que habían depositado nuestra master-beca; sin más, propuse que pasáramos por ahí y lo retiráramos todo. Ella, indecisa, accedió, pero no sin antes confesarme que jamás lo había hecho ella sola, que siempre era su amable padre el que lo hacía por ella por aquello de que "El cajero suele tragarse las tarjetas, y luego no las recuperas." Inicialmente, me sonó algo absurdo, porque jamás había escuchado algo similar, así que, como toda experta en el asunto (ya había retirado dos veces) le ofrecí mis servicios como "Asesora en retirado correcto de nuestra master-beca." Y dicho así, cambiamos nuestro destino próximo a: El cajero automático.
-Dato curioso: La primera vez que retiré de mi tarjeta, acepté tantas cosas que casi hago una transacción a una institución benéfica y el cajero me pidió que, por seguridad, cambiara mi clave...¡El primero!-


Llegamos al cajero. Yo, como toda una experta en el tema, retiré primero para tratar de mostrarle a mi compañera y apenas obtuve el dinero y la tarjeta de vuelta. Introduje la suya..:

Yo- Solo tienes que dar continuar *tecla*-
Ella- Sí-
Yo- Continuar. *tecla*-
Ella- ajá..-
Yo- continuar-
Ella- Sí...-
Yo- Continuar *tecla* continuar *tecla* continuar *tecla* continuar *tecla* ....cont...continuar *duda*...J-jamás me había...Jamás me había salido ese mensaje..-
Ella- ¡¿eeeeh?!


Ella preguntaba desesperadamente si acaso era que el malvado cajero automático se había ya tragado su tarjeta como su padre tanto le había advertido y yo respondía serenamente " No, no, no...tranquila, fue un ligero error, todo bien" y sonreía, pero en realidad...entré en pánico.

Apreté mil veces el botón para cancelar la operación y comencé a sudar de nervios. Dentro de mi cabeza, una personita parecía estar dando vueltas sin parar y gritando con voz aguda"¡El cajero se la tragó! ¡Se la tragó!"

Todo un momento de tensión de esos de película, donde el villano de capa, parche en el ojo y dientes podridos era el cajero automático; el niño tomado de rehen con un revolver en la sien era la tarjeta y la madre gritonamente desesperada era mi claramente inexperta compañera. ¿Yo? Ah, yo era Hancock, obvio.
Porque saben quién es Hancock ¿no?


De pronto, de algún modo misterioso [click, click, click], logré atrofiar el cerebro lógico de el ya mencionado villano de tal modo que amablemente  y tratando de negociar me preguntó si lo que quería era cancelar toda operación, como soy muy buena para el diálogo, accedí a su tregua y nos hicimos buenos amigos.

¿Mi compañera? Ah...creo que su papá le enseñó correectamente después de que ella retiró solita. Nunca más me dejó siquiera mirar su tarjeta y yo usé la frase...:

"¿Ves? Te dije que toooooodo estaba bajo control *guiño de ojo derecho*"

viernes, 27 de mayo de 2011

Roedores tan solo.

Roemos cual ratones, aquellos pedazos de corazón que alguien
ha dejado olvidados en en el piso. Para saciar nuestra sed de esperanza,
para rellenar huecos vacíos y carentes de escencia,
para fingir que no hemos olvidado.

...No me dejes aquí, roer corazónes, no es mi vocación...

martes, 17 de mayo de 2011

Polvo.

Sus tardes vacías;
su mirada perdida, ausente, sin chispa;
su voz sin cambios de tono, plana por completo;
por dentro, estaba rota, se desmoronaba lentamente, y un hueco se hacía cada vez más y más evidente. Algo le hacía falta, alguien ya no estaba... Pero ella de pie, siempre de pie.

Y con el tiempo aquel hueco se iría cubriendo de polvo, aparentando estar lleno, simulando haber olvidado, pero la escencia continuaría, evitando aquél olvido.

sábado, 14 de mayo de 2011

Tulipanes Belgas.

Le prometió el sol y la luna, almacenados juntos en un frasco de cristal.
Le prometió robarse al viento, solo para regalárselo.
Le prometió soñar con ella, aún cuando estuviera despierto.
Le prometió el canto del ave, para armonizar su oído.
Le prometió cada estrella de noche, para adornar su pared.
Le prometió cada tulipán belga, acompañando al florero.
Le dedicó toda sonrisa a su existencia.
Le prometió sembrar pensamientos en el cielo, tan solo para ella.
Le prometió cada perla bajo el mar, para adornar su cuello.
Le prometió cada nube almidonada.
Le prometió cada noche de insomnio, escribiendo para ella.

Le prometió cada mirada, cada suspiro, cada idea, cada pensamiento...

...le prometió la vida entera, y solo pudo darle media.

jueves, 5 de mayo de 2011

Y desenamorarnos.

Bastaría con una mirada para perderla, para privarla de su conciencia;
sería más que suficiente con un abrazo para cambiar drásticamente su humor;
Y un beso, solo uno, serviría para enamorarla de modo permanente.

Para él, era suficiente con escuchar su voz, con oler su perfume, de vez en cuando besar delicadamente su mejilla. Y sonrojarse.

Injustamente miraban de lejos, sufriendo internamente, deseando dejar de sentir, de soñarle, de esperarle. Deseando desenamorarse.

Enamorados eran y enamorados estaban, simultáneamente pero no el uno del otro, sino uno del uno...y el otro de otro...

domingo, 17 de abril de 2011

Reencuentro.


Éramos jóvenes, inmaduras e ignorantes….

Miró al piso llena de ira y visualizó sus caramelos ahí, esparcidos en el suelo que ella misma pisaba. Yo, congelada, si bien, era cierto que era la culpable, jamás fue mi intención tirarlos, jamás estuvo en mis planes. 
Levantó la mirada y me miró fijamente a los ojos  llena de tantos sentimientos que sería inútil enumerarlos. Yo, quieta, tratando de disculparme aún cuando el orgullo impedía que salieran de mí esas palabras. Eran solo caramelos, solo unas lunetas, no podía ser tan importante.
Un grupo de personas se acercó, escuché carcajadas y toda clase de burlas referentes a lo ocurrido. Su ira solo aumentaba y olvidando todo lo que nos unía en una amistad perfectamente perdurable, estalló y me ordenó no volver a hablarle en mi vida. No tuve más que obedecer.
Era casi imposible no dirigirnos la palabra. La escuela no tenía suficientes alumnos para perdernos,  cada receso  cruzábamos al menos una mirada, y corregíamos. En el taller, el ambiente era más que tenso, pero nuestro orgullo lo hizo posible, nos alejó semanas, luego meses, después un año.

Es hora de reparar.


viernes, 15 de abril de 2011

El fin del inicio.

Caminé hacia la salida con una sonrisa en la cara, las vacaciones habían llegado y con ellas una ola de relajación y felicidad.

Pasé la tarde con amigos, rentamos unas bicicletas y nos dedicamos a pedalear bajo ese calor asfixiante hasta desgastarnos; al volver a casa, todo vino a mi mente, no pude evitar preguntarme a mí misma si ya todo había terminado, si era esto el fin de ese inicio en el que había participado tanta gente, gente que ahora, tomaba su camino por separado, dividiendo así el nuestro. Me pregunté si era necesaria esa nostalgia, porque, si es verdad que hice buenas amistades, entonces no habría porque alejarnos, no habría necesidad de extrañar, pero es quizá por ese miedo a lo desconocido que surge cada que terminas una etapa y te dispones a iniciar otra.

La nostalgia sigue ahí, los recuerdos no han dejado de pasar de uno en uno por mi cabeza, pero cuando eso termine, estaré lista para lo siguiente, porque no vale la pena extrañarlos, porque es apenas el inicio.