La bolilla de mi pluma rodaba por la extensión de aquella hoja de papel, pintaba y se entintaba rápidamente para cumplir mis caprichosos trazos. Mis ojos se limitaban a ver hacia ésa hoja de papel mientras mi cerebro trabajaba rápidamente asociando aquellos trazos con palabras. Había decidido aislar mis sentidos del mundo y enfocarlos sólo a ese momento. Evité ver a otro lado que no fuera una hoja de papel, y unos ojos que cada vez veía más entrecerrados; evité, también, escuchar otro sonido, otra voz que no fuera la suya formulando preguntas que estaba dispuesta a resolver.
Ella estaba ahí, sentada a mi lado, sus codos se apoyaban sobre la paleta de una banca y sobre sus manos sostenía su cabeza. Sus ojos miraban fijamente a la hoja de papel, pero de vez en cuando se desviaban ligeramente y rastreaban el movimiento de mi pluma, para luego retomar su original movimiento. En algún momento decidió comenzar a morder suavemente su labio inferior al tiempo que entrecerraba los ojos, como si no pudiese retener aquel conocimiento antes de que lograra escaparse.
Me gustaba preguntarle, cada vez que su mueca me daba la impresión de estar más apretada, si era acaso que entendía lo que decía, y sin importar su respuesta, intentaba repasar la lección desde el inicio a fin de que no quedara duda.
En una de aquellas ocasiones en las que empezaba la lección nuevamente, ella bajó su cabeza y tapó su cara con ambas manos mientras cerraba los ojos fuertemente y apretaba el ceño, me detuve un momento y la miré desconcertada, no podía continuar la lección si ella no veía lo que intentaba darle a entender; ella sobó un par de veces su cara y con una voz casi forzada dijo: "¡Ay, no entiendo nada!" y se tiró boca abajo sobre la paleta de su banca.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que mi explicación empezó, mi sentido medidor del tiempo parecía haber estado apagado mientras todas mis atenciones se fijaban en ella y en ésa hoja de papel, sin embargo, casi podía asegurar que habían sido mínimo quince minutos. Quince minutos que pude haber utilizado para cualquier otra banalidad.
Traté de explicarle de nuevo, lentamente repasé la lección desde el inicio y traté de mostrarle la sencillez de ése tema que ella se negaba a aprehender y aprender; pero mis esfuerzos se tornaron intrascendentes al momento en que ella comenzó a mover su cabeza de un lado a otro como signo de negación y a acomodar su boca como gesto de fastidio. Ni siquiera lo intentó, se cerró completamente y echó al vacío todo ese tiempo que yo le había dedicado a ella y a su estúpidamente cerrada mente, se negó completamente a entender algo que yo me interesé por mostrarle de una manera fácil. Mi escasa tolerancia llegó a su límite, me levanté de la banca y, ya un tanto molesta, salí del aula.
Ése día aprendí que no puedes obligar a las personas a aprehender algo que no quieren aprender; fue ése día el último que intenté explicarle algo a alguien que no me lo pedía.
sábado, 26 de noviembre de 2011
jueves, 27 de octubre de 2011
Cerezos en otoño.
No necesito las banquetas cubiertas de hojas de arce, ni todas esas tonalidades naranjoamarillentas que al caer, pintan ligeramente al cielo; a mí me basta con salir todas las mañanas y sentir esa fría y ligera brisa en mis mejillas, caminar, bajo un par de árboles cualquiera, hacia la parada de autobús, e inesperadamente, ver caer algunas hojas secas y otras aún medio vivas; me basta con sentir, de vez en cuando, un pequeño crujir en mis pies al momento de pisar. Yo, solo necesito esos pequeños detalles para amar al otoño más que a cualquier otra estación del año, para disfrutar a octubre más que a cualquier otro mes del año.
Si tan solo en mis otoños tuviera la oportunidad de sentarme bajo un sauce a medio secar, a leer un libro viejo, de esos que huelen casi a la gloria misma. O, si al viajar en mi bicicleta por las calles, en medio de un pedalear inconsciente, sintiera caer sobre mí las hojas de un cerezo, que con su suavidad característica rozaran suavemente mis frías mejillas, entonces, conocería yo la belleza misma, una quimera realizada.
Pero qué digo, si un otoño sin las banquetas cubiertas de hojas de arce, y todas esas tonalidades naranjoamarillentas cayendo al tiempo que pigmentan el cielo, no es otoño...
Si tan solo en mis otoños tuviera la oportunidad de sentarme bajo un sauce a medio secar, a leer un libro viejo, de esos que huelen casi a la gloria misma. O, si al viajar en mi bicicleta por las calles, en medio de un pedalear inconsciente, sintiera caer sobre mí las hojas de un cerezo, que con su suavidad característica rozaran suavemente mis frías mejillas, entonces, conocería yo la belleza misma, una quimera realizada.
Pero qué digo, si un otoño sin las banquetas cubiertas de hojas de arce, y todas esas tonalidades naranjoamarillentas cayendo al tiempo que pigmentan el cielo, no es otoño...
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jueves, 8 de septiembre de 2011
Tan cómodamente.
A pesar de lo cerca que estaba el supermercado, mi padre solía llevarnos de vez en cuando en su auto, un ford ghia modelo 94 plateado, hacernos con él la noche de compras más cómoda y evitarnos la caminata con bolsas pesadas en las manos.
Al llegar al estacionamiento de aquel lugar, veíamos a un hombre a la entrada, su trabajo consistía en sentarse dentro de una casetita especial y operar el levantamiento de la barra que permitía el acceso al estacionamiento, así como la salida del mismo. Casi siempre era un anciano, algunas veces era sustituido por algún jovencillo inexperto, siempre amables y, aún cuando su tarea parecía sencilla, parecían hacerlo bien y sobre todo: con gusto.
Aquella era una noche de martes o miércoles, no podría recordarlo con precisión; estabamos a bordo del carro de mi padre, cada uno de nosotros en nuestro propio asunto, unos conversaban, otros nos limitábamos a ver al frente. Bajamos del carro y tras intercambiar algunos comentarios, entramos a la tienda y comenzamos nuestras compras; todos sentíamos que algo había cambiado dentro de aquella tienda, pero ninguno podía definir ese "algo".
Todos nos dimos cuenta al final, a todos nos sorprendió la ausencia de esa caseta y la sustitución de la misma por una pequeña máquina capaz de recibir tu boleto, procesarlo y levantar la barra automática; mi padre y yo volteamos a vernos, casi podíamos asegurar que antes, era un hombre el que hacía ese trabajo, y digo "casi" porque hasta ahora, aún creemos y esperamos estar equivocados.
El hombre crea máquinas para hacer su vida más cómoda y ahorrar trabajos, pero también parece crearlas para obtener un beneficio un poco más egoista; quien inventa una nueva máquina, asegura ganancias para el resto de su vida, o gran parte de ella. Sin embargo, esas máquinas terminan sustituyendo a otros hombres, cuyo trabajo es superado en muchos aspectos, al final...¿es acaso que el hombre crea máquinas que acabarán sustituyéndole...?
Lo aprobaré completamente, cuando sea una máquina la que me sonría amablemente al salir del estacionamiento del supermercado...
Al llegar al estacionamiento de aquel lugar, veíamos a un hombre a la entrada, su trabajo consistía en sentarse dentro de una casetita especial y operar el levantamiento de la barra que permitía el acceso al estacionamiento, así como la salida del mismo. Casi siempre era un anciano, algunas veces era sustituido por algún jovencillo inexperto, siempre amables y, aún cuando su tarea parecía sencilla, parecían hacerlo bien y sobre todo: con gusto.
Aquella era una noche de martes o miércoles, no podría recordarlo con precisión; estabamos a bordo del carro de mi padre, cada uno de nosotros en nuestro propio asunto, unos conversaban, otros nos limitábamos a ver al frente. Bajamos del carro y tras intercambiar algunos comentarios, entramos a la tienda y comenzamos nuestras compras; todos sentíamos que algo había cambiado dentro de aquella tienda, pero ninguno podía definir ese "algo".
Todos nos dimos cuenta al final, a todos nos sorprendió la ausencia de esa caseta y la sustitución de la misma por una pequeña máquina capaz de recibir tu boleto, procesarlo y levantar la barra automática; mi padre y yo volteamos a vernos, casi podíamos asegurar que antes, era un hombre el que hacía ese trabajo, y digo "casi" porque hasta ahora, aún creemos y esperamos estar equivocados.
El hombre crea máquinas para hacer su vida más cómoda y ahorrar trabajos, pero también parece crearlas para obtener un beneficio un poco más egoista; quien inventa una nueva máquina, asegura ganancias para el resto de su vida, o gran parte de ella. Sin embargo, esas máquinas terminan sustituyendo a otros hombres, cuyo trabajo es superado en muchos aspectos, al final...¿es acaso que el hombre crea máquinas que acabarán sustituyéndole...?
Lo aprobaré completamente, cuando sea una máquina la que me sonría amablemente al salir del estacionamiento del supermercado...
sábado, 30 de julio de 2011
Pasta de dientes.
Era una tarde casi como cualquier otra, su húmedo calor nos recorría y dejaba salir pequeñas gotas de sudor de nuestras frentes; el tiempo avanzaba lento y la ansiedad crecía. Ceños fruncidos, bocas estiradas y pasos apresurados parecían convertirse en algo natural.
Subí por las escaleras rápidamente intentando no estorbar a los demás que salían del metro nerviosos y correteados por los tictacs de sus relojes de muñeca y disponiéndose a llegar casi puntuales a sus empleos. Busqué la sombra y decidí caminar cobijada por ella sobre la banqueta de al lado del panteón francés, no había alguien más que yo en aquella banqueta, caminaba yo sola e incluso parecía como si fuese conversando conmigo misma, todo parecía detenido, todo excepto los carros que circulaban torpe y lentamente a un lado mientras soltaban bocinazos y chingadamadres llenos de estrés.
Levanté la vista y ví a un hombre que rápidamente se aproximaba corriendo a toda prisa en dirección al metro y sin ningún afán de detenerse, apenas alcancé a verle ligeramente los ojos en el instante en el que pasó a mi lado. De inmediato pasaron un montón de ideas dentro de mi cabeza: que si iba tarde al trabajo, que quizá se había quedado a platicar y se le pasó la hora, que probablemente se le había acabado la pasta de dientes y se retrasó para alguna cita con sus amigos. Qué se yo; y seguí caminando de frente.
Se había ya acabado la sombra proporcionada por los árboles de al lado del panteón francés, cuando a punto de llegar a esa parte de la ya muy angosta acera donde la coladera se había quedado sin tapadera y el poste de roca minimizaba el espacio para transitar, ví llegar a una mujer; vestía un traje sastre, caminaba tambaleándose sobre sus tacones y completamente envuelta por los horrores del calor; con la mano derecha se echaba el cabello para atrás, mientras la izquierda la agitaba en el aire como pidiéndole algo a alguien, pero aún sin hablar por un aparente desgaste y falta de aire. Con su ceño fruncido y una mueca de preocupación o desesperación, después de unas cuantas tomadas de aire más, salió de su pecho el último grito que pudo dar tras aquella correteada, y todo lo que dijo fue un "Auxilio". Y se detuvo a jadear.
Voltée detrás de mí y en seguida me vino a la mente aquel sujeto apresurado, regresé la mirada al frente y al verla no sentí más que una enorme impotencia. Y yo creyendo que se le había acabado la pasta de dientes, ¿pero qué iba a hacer?...Si tenía quince años.
Vestía un traje sastre y caminaba tambaleándose sobre sus tacones...pero le hacía falta un bolso.
Subí por las escaleras rápidamente intentando no estorbar a los demás que salían del metro nerviosos y correteados por los tictacs de sus relojes de muñeca y disponiéndose a llegar casi puntuales a sus empleos. Busqué la sombra y decidí caminar cobijada por ella sobre la banqueta de al lado del panteón francés, no había alguien más que yo en aquella banqueta, caminaba yo sola e incluso parecía como si fuese conversando conmigo misma, todo parecía detenido, todo excepto los carros que circulaban torpe y lentamente a un lado mientras soltaban bocinazos y chingadamadres llenos de estrés.
Levanté la vista y ví a un hombre que rápidamente se aproximaba corriendo a toda prisa en dirección al metro y sin ningún afán de detenerse, apenas alcancé a verle ligeramente los ojos en el instante en el que pasó a mi lado. De inmediato pasaron un montón de ideas dentro de mi cabeza: que si iba tarde al trabajo, que quizá se había quedado a platicar y se le pasó la hora, que probablemente se le había acabado la pasta de dientes y se retrasó para alguna cita con sus amigos. Qué se yo; y seguí caminando de frente.
Se había ya acabado la sombra proporcionada por los árboles de al lado del panteón francés, cuando a punto de llegar a esa parte de la ya muy angosta acera donde la coladera se había quedado sin tapadera y el poste de roca minimizaba el espacio para transitar, ví llegar a una mujer; vestía un traje sastre, caminaba tambaleándose sobre sus tacones y completamente envuelta por los horrores del calor; con la mano derecha se echaba el cabello para atrás, mientras la izquierda la agitaba en el aire como pidiéndole algo a alguien, pero aún sin hablar por un aparente desgaste y falta de aire. Con su ceño fruncido y una mueca de preocupación o desesperación, después de unas cuantas tomadas de aire más, salió de su pecho el último grito que pudo dar tras aquella correteada, y todo lo que dijo fue un "Auxilio". Y se detuvo a jadear.
Voltée detrás de mí y en seguida me vino a la mente aquel sujeto apresurado, regresé la mirada al frente y al verla no sentí más que una enorme impotencia. Y yo creyendo que se le había acabado la pasta de dientes, ¿pero qué iba a hacer?...Si tenía quince años.
Vestía un traje sastre y caminaba tambaleándose sobre sus tacones...pero le hacía falta un bolso.
martes, 12 de julio de 2011
El peor día de mi vida.
Advertencia:El contenido de este post podría llegar a ser un tanto vulgar, además de contener términos de un lenguaje coloquial.
Era un Lunes diecisiete de agosto y era el primer día de clases.
Yo tenía catorce años y había pasado a tercero de secundaria. Por mis calificaciones, se me había elegido como parte de la escolta escolar, donde mi puesto era: Abanderada. Desde que me eligieron, jamás estuve de acuerdo, pero me faltaba el valor para negarme a participar.
En mi mochila no cabía más que mis útiles, pero yo necesitaba algo en qué guardar mi ridículo uniforme de la escolta cuando terminara mi aparición, ya saben, para no causar pena ajena o más bien, para que nadie supiera que era yo la más ñoña de la escuela. Le pedí a mi hermano mayor que me prestara una mochila, pero la única que tenía libre era su mochila negra, su favorita; como no tenía de otra, me la prestó.
Aparentemente era un día como cualquier otro en la escuela, mis viejos compañeros de grupo, algunos nuevos maestros. Nada fuera de lo común...hasta que sonó la chicharra a las 8:10pm anunciando la hora de salida...Ahí fue donde todo se puso mal.
Apenas salí de la escuela, comenzó a llover horriblemente; de esas gotas que sientes que te cortan cuando "delicadamente" tocan tu piel, de esas gotas que parecen canicas bombochas...de esas caían. Así que era yo, empapada y con dos mochilas que impedían que corriera velozmente hacia mi casa, pero aún con eso...todo estaba bien...¿verdad?
[De noche-lluvia]
Iba caminando hacia mi casa, estaba ya completamente mojada y al caminar mis tennis escurrían toda el agua que tenían dentro, volvían a llenarse y de nuevo se escurrían al siguiente paso.
Llegué así a "Honduras" (la calle que junto con otra forma la esquina donde se sitúa mi casa) Regularmente, al llegar a Honduras yo solía bajar la banqueta y caminar en medio de la pequeña callecita tranquilamente hasta llegar a casa, pero esa semana estaban haciendo obras para reparar tal callecita y aún no terminaban, por lo que abajo había algo de fango y para "mayor seguridad" decidí caminar por la banqueta, la cual también estaban arreglando, pero yo ilúsamente creí que ya estaba seca, así que nada me impedía caminar sobre ella. Erré, si bien mi teoría de que "Ya tenía que estar seca" era correcta, subestimé un factor importante: La lluvia. Y la muy hija de puta no solo no había dejado que el cemento secara, sino que además, ahora estaba super resbaloso y en cuanto puse un pie sobre él provocó irremediablemente mi caida.
Sí, me dolió, me dolió muchísimo e incluso se me hizo un moretón en la cadera, además de llenarme de cemento fresco prácticamente todo el trasero y, por supuesto, la mochila negra de mi hermano...
Y hasta la fecha, esa banqueta tiene la marca de mi cuerpo en ella y me recuerda su hazaña cada que paso por ahí.
[De noche-lluvia-cemento fresco]
Me levanté y aguanté como pude el dolor generado por la caída, después de todo, estaba a tan solo una cuadra de mi casa y ya nada podía ir peor, entonces decidí continuar con mi camino.
Al llegar a mi casa sentí un enorme alivio, pero no duró mucho tiempo, porque olvidé dónde había dejado las llaves.
Desesperada, busqué en todas las bolsas del exterior de la mochila de mi hermano tratando de no mancharla con mis manos llenas de cemento, pero no hallé lo que buscaba, así que convencida de que quizá estaban en la bolsa más grande donde se encontraba mi uniforme y temerosa de poder mancharlo, decidí entonces: Tocar el timbre.
Pero en mi desesperación olvidé tomar en cuenta que estaba completamente empapada, así que claro, me electrocuté.
[De noche-Lluvia-Cemento fresco-electricidad]
Por la intensidad de la lluvia y lo estruendoso de la misma, mi familia no pudo oir el timbre y nadie acudió a mi llamado.
No me quedaba más que buscar esa llave dentro de la mochila de mi hermano: Abrí la bolsa principal y comencé a buscar entre mi uniforme ensuciándolo del cemento que aún tenía en las manos y sin siquiera hallar esa llave. Desesperada y muerta ya de frío, busqué nuevamente en las bolsas del exterior para cerciorarme de que no estuviera ahí....Y en una de esas bolsas que aparentemente ya había revisado, estaba mi llave...
Abrí la puerta del zaguán, crucé el patio y entré a mi casa. Y al voltearme para colocar la llave en su sitio, se me escapó una miradilla por el ventanal de la puerta y entonces, lo ví: Dejó de llover...
Ése... fue el peor día de mi vida....
Nada.
Amanecí con un sentimiento más que deprimente; deambulé por los rincones de mi casa hablando conmigo misma, intentando encontrarme; traté de explicarme lo que pasaba, pero no me entendía. Me perdí dentro de mí misma, me perdí y conmigo iba un sentimiento que lentamente robaba pedacitos de mi alma.
Quise explicar en papel lo que sentía, pero las ideas iban y venían sin dejarme nada claro, nada que entender, nada que explicar...nada.
Y así pasé noches enteras atacadas por el insomnio, mañanas tan quietas que parecían sin vida, tardes de luz y distracciones, semanas completas de sequedad cerebral, en las que no hice más que clavar mi vista en una hoja en blanco y sostener una pluma con mi mano derecha; con un exceso de quietud, a la espera de una idea.
Aquél sentimiento desapareció con el tiempo, sin que yo pudiera siquiera describirlo; se llevó con él parte de mí, pero cuando vuelva y nos encontremos una vez más: Estaré lista. Y en nuestro duelo apostaremos eso que me quitó, eso que espera ser recuperado.
Quise explicar en papel lo que sentía, pero las ideas iban y venían sin dejarme nada claro, nada que entender, nada que explicar...nada.
Y así pasé noches enteras atacadas por el insomnio, mañanas tan quietas que parecían sin vida, tardes de luz y distracciones, semanas completas de sequedad cerebral, en las que no hice más que clavar mi vista en una hoja en blanco y sostener una pluma con mi mano derecha; con un exceso de quietud, a la espera de una idea.
Aquél sentimiento desapareció con el tiempo, sin que yo pudiera siquiera describirlo; se llevó con él parte de mí, pero cuando vuelva y nos encontremos una vez más: Estaré lista. Y en nuestro duelo apostaremos eso que me quitó, eso que espera ser recuperado.
miércoles, 15 de junio de 2011
Todo bajo controool.
Hoy, queridos lectores, quiero contarles algo, un anécdota. Lo escribo para cerciorarme de no olvidarlo algún día. Voy a contarles de la primera vez que escuché la frase "El cajero se traga las tarjetas." Aquí voy:
En nuestro primer año de preparatoria, muchos compañeros de mi grupo, incluyéndome, tramitaron esa beca que te da el estado por estudiar y mantener un promedio mediocre. Se depositaba cada mes, y para cobrar, nos dieron una tarjeta de débito. La primer tarjeta en mi vida, me sentía grande.
Para no pagar comisión y no perder ni uno de nuestros valiosísimos centavos, ubicamos por la preparatoria los cajeros más cercanos de cuyo banco era nuestra tarjeta.
Un buen día, caminando hacia la parada del camión con una encantadora compañera de grupo, recordé que cerca de nuestro destino había un cajero, que llevaba la tarjeta en mi bolsillo y que, por coincidencia, hacía un par de días que habían depositado nuestra master-beca; sin más, propuse que pasáramos por ahí y lo retiráramos todo. Ella, indecisa, accedió, pero no sin antes confesarme que jamás lo había hecho ella sola, que siempre era su amable padre el que lo hacía por ella por aquello de que "El cajero suele tragarse las tarjetas, y luego no las recuperas." Inicialmente, me sonó algo absurdo, porque jamás había escuchado algo similar, así que, como toda experta en el asunto (ya había retirado dos veces) le ofrecí mis servicios como "Asesora en retirado correcto de nuestra master-beca." Y dicho así, cambiamos nuestro destino próximo a: El cajero automático.
Llegamos al cajero. Yo, como toda una experta en el tema, retiré primero para tratar de mostrarle a mi compañera y apenas obtuve el dinero y la tarjeta de vuelta. Introduje la suya..:
Yo- Solo tienes que dar continuar *tecla*-
Ella- Sí-
Yo- Continuar. *tecla*-
Ella- ajá..-
Yo- continuar-
Ella- Sí...-
Yo- Continuar *tecla* continuar *tecla* continuar *tecla* continuar *tecla* ....cont...continuar *duda*...J-jamás me había...Jamás me había salido ese mensaje..-
Ella- ¡¿eeeeh?!
Ella preguntaba desesperadamente si acaso era que el malvado cajero automático se había ya tragado su tarjeta como su padre tanto le había advertido y yo respondía serenamente " No, no, no...tranquila, fue un ligero error, todo bien" y sonreía, pero en realidad...entré en pánico.
Apreté mil veces el botón para cancelar la operación y comencé a sudar de nervios. Dentro de mi cabeza, una personita parecía estar dando vueltas sin parar y gritando con voz aguda"¡El cajero se la tragó! ¡Se la tragó!"
Todo un momento de tensión de esos de película, donde el villano de capa, parche en el ojo y dientes podridos era el cajero automático; el niño tomado de rehen con un revolver en la sien era la tarjeta y la madre gritonamente desesperada era mi claramente inexperta compañera. ¿Yo? Ah, yo era Hancock, obvio.
De pronto, de algún modo misterioso [click, click, click], logré atrofiar el cerebro lógico de el ya mencionado villano de tal modo que amablemente y tratando de negociar me preguntó si lo que quería era cancelar toda operación, como soy muy buena para el diálogo, accedí a su tregua y nos hicimos buenos amigos.
¿Mi compañera? Ah...creo que su papá le enseñó correectamente después de que ella retiró solita. Nunca más me dejó siquiera mirar su tarjeta y yo usé la frase...:
En nuestro primer año de preparatoria, muchos compañeros de mi grupo, incluyéndome, tramitaron esa beca que te da el estado por estudiar y mantener un promedio mediocre. Se depositaba cada mes, y para cobrar, nos dieron una tarjeta de débito. La primer tarjeta en mi vida, me sentía grande.
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Para no pagar comisión y no perder ni uno de nuestros valiosísimos centavos, ubicamos por la preparatoria los cajeros más cercanos de cuyo banco era nuestra tarjeta.
Un buen día, caminando hacia la parada del camión con una encantadora compañera de grupo, recordé que cerca de nuestro destino había un cajero, que llevaba la tarjeta en mi bolsillo y que, por coincidencia, hacía un par de días que habían depositado nuestra master-beca; sin más, propuse que pasáramos por ahí y lo retiráramos todo. Ella, indecisa, accedió, pero no sin antes confesarme que jamás lo había hecho ella sola, que siempre era su amable padre el que lo hacía por ella por aquello de que "El cajero suele tragarse las tarjetas, y luego no las recuperas." Inicialmente, me sonó algo absurdo, porque jamás había escuchado algo similar, así que, como toda experta en el asunto (ya había retirado dos veces) le ofrecí mis servicios como "Asesora en retirado correcto de nuestra master-beca." Y dicho así, cambiamos nuestro destino próximo a: El cajero automático.
Llegamos al cajero. Yo, como toda una experta en el tema, retiré primero para tratar de mostrarle a mi compañera y apenas obtuve el dinero y la tarjeta de vuelta. Introduje la suya..:
Yo- Solo tienes que dar continuar *tecla*-
Ella- Sí-
Yo- Continuar. *tecla*-
Ella- ajá..-
Yo- continuar-
Ella- Sí...-
Yo- Continuar *tecla* continuar *tecla* continuar *tecla* continuar *tecla* ....cont...continuar *duda*...J-jamás me había...Jamás me había salido ese mensaje..-
Ella- ¡¿eeeeh?!
Ella preguntaba desesperadamente si acaso era que el malvado cajero automático se había ya tragado su tarjeta como su padre tanto le había advertido y yo respondía serenamente " No, no, no...tranquila, fue un ligero error, todo bien" y sonreía, pero en realidad...entré en pánico.Apreté mil veces el botón para cancelar la operación y comencé a sudar de nervios. Dentro de mi cabeza, una personita parecía estar dando vueltas sin parar y gritando con voz aguda"¡El cajero se la tragó! ¡Se la tragó!"
Todo un momento de tensión de esos de película, donde el villano de capa, parche en el ojo y dientes podridos era el cajero automático; el niño tomado de rehen con un revolver en la sien era la tarjeta y la madre gritonamente desesperada era mi claramente inexperta compañera. ¿Yo? Ah, yo era Hancock, obvio.
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| Porque saben quién es Hancock ¿no? |
De pronto, de algún modo misterioso [click, click, click], logré atrofiar el cerebro lógico de el ya mencionado villano de tal modo que amablemente y tratando de negociar me preguntó si lo que quería era cancelar toda operación, como soy muy buena para el diálogo, accedí a su tregua y nos hicimos buenos amigos.
¿Mi compañera? Ah...creo que su papá le enseñó correectamente después de que ella retiró solita. Nunca más me dejó siquiera mirar su tarjeta y yo usé la frase...:
"¿Ves? Te dije que toooooodo estaba bajo control *guiño de ojo derecho*"
viernes, 27 de mayo de 2011
Roedores tan solo.
Roemos cual ratones, aquellos pedazos de corazón que alguien
ha dejado olvidados en en el piso. Para saciar nuestra sed de esperanza,
para rellenar huecos vacíos y carentes de escencia,
para fingir que no hemos olvidado.
...No me dejes aquí, roer corazónes, no es mi vocación...
ha dejado olvidados en en el piso. Para saciar nuestra sed de esperanza,
para rellenar huecos vacíos y carentes de escencia,
para fingir que no hemos olvidado.
...No me dejes aquí, roer corazónes, no es mi vocación...
martes, 17 de mayo de 2011
Polvo.
Sus tardes vacías;
su mirada perdida, ausente, sin chispa;
su voz sin cambios de tono, plana por completo;
por dentro, estaba rota, se desmoronaba lentamente, y un hueco se hacía cada vez más y más evidente. Algo le hacía falta, alguien ya no estaba... Pero ella de pie, siempre de pie.
Y con el tiempo aquel hueco se iría cubriendo de polvo, aparentando estar lleno, simulando haber olvidado, pero la escencia continuaría, evitando aquél olvido.
su mirada perdida, ausente, sin chispa;
su voz sin cambios de tono, plana por completo;
por dentro, estaba rota, se desmoronaba lentamente, y un hueco se hacía cada vez más y más evidente. Algo le hacía falta, alguien ya no estaba... Pero ella de pie, siempre de pie.
Y con el tiempo aquel hueco se iría cubriendo de polvo, aparentando estar lleno, simulando haber olvidado, pero la escencia continuaría, evitando aquél olvido.
sábado, 14 de mayo de 2011
Tulipanes Belgas.
Le prometió el sol y la luna, almacenados juntos en un frasco de cristal.
Le prometió robarse al viento, solo para regalárselo.
Le prometió soñar con ella, aún cuando estuviera despierto.
Le prometió el canto del ave, para armonizar su oído.
Le prometió cada estrella de noche, para adornar su pared.
Le prometió cada tulipán belga, acompañando al florero.
Le dedicó toda sonrisa a su existencia.
Le prometió sembrar pensamientos en el cielo, tan solo para ella.
Le prometió cada perla bajo el mar, para adornar su cuello.
Le prometió cada nube almidonada.
Le prometió cada noche de insomnio, escribiendo para ella.
Le prometió cada mirada, cada suspiro, cada idea, cada pensamiento...
Le prometió robarse al viento, solo para regalárselo.
Le prometió soñar con ella, aún cuando estuviera despierto.
Le prometió el canto del ave, para armonizar su oído.
Le prometió cada estrella de noche, para adornar su pared.
Le prometió cada tulipán belga, acompañando al florero.
Le dedicó toda sonrisa a su existencia.
Le prometió sembrar pensamientos en el cielo, tan solo para ella.
Le prometió cada perla bajo el mar, para adornar su cuello.
Le prometió cada nube almidonada.
Le prometió cada noche de insomnio, escribiendo para ella.
Le prometió cada mirada, cada suspiro, cada idea, cada pensamiento...
...le prometió la vida entera, y solo pudo darle media.
jueves, 5 de mayo de 2011
Y desenamorarnos.
Bastaría con una mirada para perderla, para privarla de su conciencia;
sería más que suficiente con un abrazo para cambiar drásticamente su humor;
Y un beso, solo uno, serviría para enamorarla de modo permanente.
Para él, era suficiente con escuchar su voz, con oler su perfume, de vez en cuando besar delicadamente su mejilla. Y sonrojarse.
Injustamente miraban de lejos, sufriendo internamente, deseando dejar de sentir, de soñarle, de esperarle. Deseando desenamorarse.
Enamorados eran y enamorados estaban, simultáneamente pero no el uno del otro, sino uno del uno...y el otro de otro...
sería más que suficiente con un abrazo para cambiar drásticamente su humor;
Y un beso, solo uno, serviría para enamorarla de modo permanente.
Para él, era suficiente con escuchar su voz, con oler su perfume, de vez en cuando besar delicadamente su mejilla. Y sonrojarse.
Injustamente miraban de lejos, sufriendo internamente, deseando dejar de sentir, de soñarle, de esperarle. Deseando desenamorarse.
Enamorados eran y enamorados estaban, simultáneamente pero no el uno del otro, sino uno del uno...y el otro de otro...
domingo, 17 de abril de 2011
Reencuentro.
Éramos jóvenes, inmaduras e ignorantes….
Miró al piso llena de ira y visualizó sus caramelos ahí, esparcidos en el suelo que ella misma pisaba. Yo, congelada, si bien, era cierto que era la culpable, jamás fue mi intención tirarlos, jamás estuvo en mis planes.
Levantó la mirada y me miró fijamente a los ojos llena de tantos sentimientos que sería inútil enumerarlos. Yo, quieta, tratando de disculparme aún cuando el orgullo impedía que salieran de mí esas palabras. Eran solo caramelos, solo unas lunetas, no podía ser tan importante.
Un grupo de personas se acercó, escuché carcajadas y toda clase de burlas referentes a lo ocurrido. Su ira solo aumentaba y olvidando todo lo que nos unía en una amistad perfectamente perdurable, estalló y me ordenó no volver a hablarle en mi vida. No tuve más que obedecer.
Era casi imposible no dirigirnos la palabra. La escuela no tenía suficientes alumnos para perdernos, cada receso cruzábamos al menos una mirada, y corregíamos. En el taller, el ambiente era más que tenso, pero nuestro orgullo lo hizo posible, nos alejó semanas, luego meses, después un año.
Es hora de reparar.
Es hora de reparar.
viernes, 15 de abril de 2011
El fin del inicio.
Caminé hacia la salida con una sonrisa en la cara, las vacaciones habían llegado y con ellas una ola de relajación y felicidad.
Pasé la tarde con amigos, rentamos unas bicicletas y nos dedicamos a pedalear bajo ese calor asfixiante hasta desgastarnos; al volver a casa, todo vino a mi mente, no pude evitar preguntarme a mí misma si ya todo había terminado, si era esto el fin de ese inicio en el que había participado tanta gente, gente que ahora, tomaba su camino por separado, dividiendo así el nuestro. Me pregunté si era necesaria esa nostalgia, porque, si es verdad que hice buenas amistades, entonces no habría porque alejarnos, no habría necesidad de extrañar, pero es quizá por ese miedo a lo desconocido que surge cada que terminas una etapa y te dispones a iniciar otra.
La nostalgia sigue ahí, los recuerdos no han dejado de pasar de uno en uno por mi cabeza, pero cuando eso termine, estaré lista para lo siguiente, porque no vale la pena extrañarlos, porque es apenas el inicio.
viernes, 1 de abril de 2011
Llegué.
Caminaba tranquilamente por la banqueta mientras las últimas hojas de aquellos árboles se desprendían de sus respecivas ramas.
Hacía un calor desgastante, el sol estaba molestando a la sociedad con su energía poderosísima, pero conmigo no aplicaba, llevaba una sonrisa en la cara que se debía a todo ese sentimiento de alivio que me llenaba, y a la diversión proporcionada por mi Yoyo.
Si bien, era cierto que durante el fin de semana tenía que preparar varias láminas para la clase de dibujo y estudiar para los 2 exámenes que tenía programados para el siniestro lunes, no podía evitar sentirme sin peso alguno sobre mí, aún cuando por la tarde tendría que ir al empleo.
Llegué a la parada del camión, tomé asiento en un sitio con sombra y sonreí. Ya era viernes.
Hacía un calor desgastante, el sol estaba molestando a la sociedad con su energía poderosísima, pero conmigo no aplicaba, llevaba una sonrisa en la cara que se debía a todo ese sentimiento de alivio que me llenaba, y a la diversión proporcionada por mi Yoyo.
Si bien, era cierto que durante el fin de semana tenía que preparar varias láminas para la clase de dibujo y estudiar para los 2 exámenes que tenía programados para el siniestro lunes, no podía evitar sentirme sin peso alguno sobre mí, aún cuando por la tarde tendría que ir al empleo.
Llegué a la parada del camión, tomé asiento en un sitio con sombra y sonreí. Ya era viernes.
martes, 29 de marzo de 2011
Neutral.
Volteé al oir que me llamaba, de inmediato ví su rostro, no expresaba para nada alegría, ni un poco de emoción...y yo sabía porqué.
Había escuchado que los ojos son la ventana del alma, quizá no me había dedicado suficiente a pensar en su real significado, pero en ese momento lo entendí, fue ahí cuando todo vino a mi mente, y en que esa empatía que creía había dejado de existir en mí, actuó de verdad.
Me miró a los ojos como tratando de transmitirme una parte de su pena, como preguntándose si acaso era que yo lo entendía; sin decir nada me abrazó fuertemente esperando encontrar en mí la respuesta a todas esas dudas que le venían a la mente, me abrazó profunda y fuertemente. No corté el abrazo de inmediato como regularmente porque me tomó por sorpresa, no entendía qué debía hacer, traté de corresponder por miedo a no poder llenar esa sed de esperanza que aparentemente tenía, tragó saliva como si tuviera algo en la garganta y susurró a mi oido tres palabras, con un tono tal que hicieron que me congelara al instante y titubeara antes de contestar...: ..."¿Ya lo sabes?"...
¿Ella?... Ella tranquila, como si nada hubiese pasado un par de días antes, como si fuera algo cotidiano, como si no tuviera importancia alguna en su vida actual, en su presente. No supe si era cierto que esa dulzura y empatía, si ese amor que ella solía radiar al mundo para llenarlo de color se habían esfumado para convertirla en un ser completamente inerte y despreocupado ante la situación, o si tan solo se reprimía; en cualquiera de ambos casos, no pude evitar preocuparme por ella mucho más que por él, no pude tampoco, evitar pensar que eso que ella estaba haciendo en ese momento, era el perfecto antónimo de lo que tiempo atrás había llamado "estar bien".
Él destrozado, si no lloraba era para mantener una postura de cordura frente a mí, si no lloraba era por miedo a la respuesta fría que probablemente pudo haber recibido de mí; ella serena, evadiéndo el tema y recordándome siempre cuán especial era para ella y lo mucho que agradecía que me preocupara, pero siempre dejando claro que no era necesario, que era algo que se superaba. Su actitud me causaba tantas dudas, ¿en qué momento me dejé alejar a tal grado que mi presencia no era de ayuda, sino tan solo complementaria para ella?, siendo que para él, aún cuando no solía ser tan cercana, era casi fundamental mi apoyo.
Se soltaron el uno al otro, uno por convicción y el otro por no tener otra opción, la frialdad de uno congeló los sentimientos del otro hasta romper ese lazo que antes creía era acero indestructible.
Él siempre mirándola en silencio, ella evadiendo su mirada con algo roto dentro, quizá más herida que él, pero siempre de pie.
viernes, 25 de marzo de 2011
Cruce de miradas.
Ella miraba al infinito, dejando que sus ojos la condujeran; él, desde el otro lado, dejaba que el tiempo pasara lento mientras la observaba, creyendo conocerla desde antes.
Sus ojos la condujeron hacia él, lo miró detenidamente en un segundo, y parpadeó; él, recibió su mirada nervioso, sentía como lentamente una gota de sudor fría recorría su mano mientras la miraba, luego evadió.
Ella, seguía persistente, de modo que él lo sintiera y volviera aquel mágico momento, y así fue, se miraron por segunda vez; él sudaba en frío, sus ojos pedían un descanso, pero evitaba parpadear, para no romper el momento, para no tener que empezar desde cero; ella lo veía y una ligera sonrisa se le dibujaba mientras sentía aquella leve descarga de adrenalina en su estómago.
El tiempo pasaba más rápido de lo que parecía, él no dejaba de preguntarse dónde la había visto antes; ella dejó su mente en blanco, permitiendo sentirse palpitar sin interrupciones de pensamientos, pensamientos que sí existían en la mente del otro.
viernes, 18 de marzo de 2011
Sintamos.
No estaba enamorada, pero no pudo evitar que le dolieran sus palabras; y es que por más que él se esforzaba por no herir con ellas, espinaban en su alma, ahí, dentro.
Él, hablaba temiendo no usar las palabras adecuadas, pensaba rápidamente lo que díría para hablar al instante, y pausaba cuando sentía que erraba; ella, caminaba lentamente a su lado, mirando siempre al frente, con miedo a que se le escapase una mirada hacia él, una que se cruzara con sus ojos, esos que tanto le atrapaban. El tiempo pasaba lento y ella solo sonreía nerviosa mientras él decía palabras de consuelo, para no matar la esperanza, para conservar la ilusión.
Y así pasaron 5 minutos que parecieron 20, respiraron hondo y acordaron mantener una amistad perdurable, internamente se prometieron no alejarse el uno del otro. Se despidieron, con un ligero beso en la mejilla, y al separarse se oyó un ligero e inocente sonido.
Una copa de cristal, una ilusión. Un corazón.
Él dudó.
Una copa de cristal, una ilusión. Un corazón.
Él dudó.
viernes, 18 de febrero de 2011
Lágrimas, despedidas y vacíos.
Desde que lo ví por primera vez, desde que lo señalé con una sonrisa en la cara, desde que lo tuve por primera vez en mis manos; desde ese momento, establecimos un lazo; se convirtió en mi amigo, mi hijo, y tan solo era mi mascota...
Sí, al inicio no era más que una decisión impulsiva, una atracción, pero no sabía cuán especial se haría con el paso de los días. Pasamos tanto juntos: Felicidad, preocupación, diversión, sustos...enojos, y aún con eso, nuestro lazo se hacía más y más fuerte.
Quizá sea un tanto absurdo hablar así, como si hubiesemos pasado años juntos, cuando fue tan poco tiempo, pero es que fue alguien tan importante para mí, que, quizá si hubiesen sido años juntos, no podría superarlo ahora, me dolería tanto su ausencia, tanto...
Le dí su medicina, comencé a darle fruta, lo sacaba al sol. Sí, es cierto que me porté un tanto descuidada con él, como cuando escapó, o cuando lo olvidé en el patio; pero no significaba que no lo quisiera, ¿cómo no iba a quererlo? si era él el que me había ayudado tanto en mi lucha contra los huecos, sin siquiera estar consciente.
Lo quería muchísimo, quizá más que eso, era muy especial para mí, hoy, me duele tanto su ausencia.
Ayer salí, tenía cita con el dentista; al salir, tomé su jaula y lo metí a la casa, lo último que le dije fue "Adiós Maicol", de haber sabido que sería lo último que le diría, lo habría dicho con más sentimiento, lo habría tomado entre mis manos, lo habría llenado de besos; pero solo dije "Adiós"...
Volví alrededor de las 8pm, pero ya era tarde, ya se había ido....y ni siquiera me esperó...
Ni siquiera lo sospeché, cuando me enteré, quise creer que mentían, quise creer que era mentira, no podía creerlo, hasta llegar a casa y corroborar. Miré la jaula desde fuera, estaba ahí...como "dormido", sus ojos estaban cerrados, y al tomarlo, tan solo pude sentir la frialdad de su pequeño cuerpo y la ausencia de su alma; ví su cara, un sentimiento de vacío recorrió todo mi cuerpo, traté de contenerme, pero fue un reflejo: lloré...tuve esa sensacion de "desmorone" dentro de mí; comencé a ver gris, y en mis manos: él.
Hace poco tiempo, cuando una personita me contó una vieja historia, la concluyó mencionando que incluso había llorado, a lo que contesté: "Las lágrimas son valiosas, es mejor usarlas en momentos y circunstancias importantes.". Y esta, en particular, me pareció la ocasión.
Lloré, lloré mucho, lo suficiente y quizá un poco más. Sí, me dolió, como no tienen idea, demasiado para el poco tiempo que estuvo conmigo. Y le lloré, hasta que no pude más, hasta que mis lágrimas cesaron, hasta "saciar la pena" pero, no conseguí que dejara de doler...no conseguí dejar de sentir ese hueco.
Hoy ya lo entiendo mejor, tengo que dejarlo ir, por más que duela, ahora él...está mejor.
Al cerrar sus ojos juró no volver a abrirlos. Yo, llegué ya muy tarde, ya no pudo esperarme más. Quizá era lo mejor para ambos, quizá tan solo quiso irse antes, sin mí, para no causarme tanto dolor. Quizá me amaba tanto como yo a él.
No pude aliviar el mal que le aquejaba, estúpidamente creí que mejoraba; sin embargo, estoy segura, él no me guarda rencor, yo sé que él ya está mejor.
Sentiré tanto su ausencia, pero eligió un bonito día, lo recordaré con cariño, como mi buen amigo: Maicol.
19/01/11-17/2/11 Voy a extrañarte...
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